Una casona del casco histórico de La Orotava ha servido de escenario para el cortometraje. / DA
NANA GARCÍA l SANTA CRUZ DE TENERIFE
Lejos de sentirse una deidad del mundo del espectáculo, el cineasta canario Javier Fernández Caldas defiende que un trabajo cinematográfico, ya sea cortometraje o largometraje, es el resultado de la suma de los esfuerzos de muchos profesionales, "que dan mucho por la película" y donde "en realidad, un director es una especie de relaciones públicas". El cine tiene mucho de "logística militar", donde el director debe tener "sensibilidad" y capacidad para "animar" a todo el equipo, como "una especie de Vicente del Bosque", y tener controlado todo el entramado necesario para sacar adelante el proyecto.
El realizador, reconocido por trabajos como El último latido (1993) o Frágil (1994), "resucita" detrás de la cámara en La criada, un cortometraje protagonizado por Silvia Marsó que intenta rendir homenaje a los grandes melodramas de los años 50 del siglo pasado dirigidos por Vicente Minnelli o Douglas Sirk, "una pequeña pelicula con más desarrollo" que los trabajos anteriores. En esta "historia triste, llena de soledad", la actriz catalana encarna a la perfección a la heroína tragicómica, a juicio de Fernández Caldas, cuyo personaje, Maruca, sufre "una evolución muy potente", lo que le ha permitido apoyarse más en el trabajo interpretativo y menos en "elementos de género" y en la "puesta en escena". Gestado hace una década, el guión de La criada es también obra del realizador isleño, quien además se ha encargado del montaje y la producción. "Hay que tener una paciencia infinita para dedicarse a esto. Me encantaría tener a alguien que escribiera para mí, pero no hay una industria en España suficientemente desarrollada para ello", afirma.
Licenciado en la rama de Imagen y Sonido de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y diplomado en Dirección de Cine por la Escuela Tai (Madrid), Fernández Caldas reconoce que lo que realmente le entusiasma es "el lío de dirigir: el mirar por la cámara, preparar la secuencia, la puesta en escena, decirle a los actores qué hacer", en suma "dar ideas, no escribir".
Mientras La criada emprende "la vida del corto", con su presencia en festivales nacionales e internacionales, con "muchas esperanzas", así como con exhibiciones "dondequiera Canarias Cultura en Red", Javier Fernández Caldas ya tiene su mirada puesta en nuevos proyectos cinematográficos. El primero, El jugador turco, un filme basado en "la historia de una gran farsa" sobre una máquina de ajedrez, "el origen de la inteligencia artificial", proyecto al que llegó mientras investigaba para hacer un documental sobre la relación entre el cine y la magia, basándose en George Méliès, "el inventor del género fantástico". Y es que Javier Fernández Caldas es un enamorado del cine clásico, por lo que afirma que el movimiento fílmico Dogma 95 "ha sido una mala influencia en el mundo del cortometraje, a pesar de haber democratizado este medio que siempre ha sido muy exclusivo". "El cine es artificio puro -defiende- y lo que me gusta de él es precisamente que esté hecho con elemento artificiales y que parezcan más reales que los auténticos". Una férrea convicción que lo ha llevado a convertirse en uno de los directores de la élite canaria, a pesar de no tener siempre el respaldo del sector audiovisual, "poco democratizado" en su opinión.
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