LA COLUMNA > MANUEL IGLESIAS

¿Los votos son del partido o propios?

El PSOE, siendo el perdedor real de las elecciones autonómicas, con un desplome de votos y escaños como nunca había registrado ese partido en el Archipiélago, resulta desde otra perspectiva el vencedor de los comicios, en cuanto tiene la llave de gran número de instituciones.

Lo que cabe preguntarse es si se sabe administrar bien esa victoria, a la vista de las voces discordantes que surgen desde el propio partido, que lejos de mostrar una unidad de acción, en la que unos saldrán mejor y otros peor, pero es el partido globalmente el que sirve de referencia, parece que se está disgregando de una manera, especialmente en Tenerife, que aparenta que cada concejal se considera libre de gestionar su voto como le parezca  y establecer su propia política de pactos al margen de la opinión de la fuerza política por la que se presentó.

Tanto en el caso del PSOE, como del PP o de Coalición Canaria, está claro que los escaños o concejalías logradas se deben en gran medida a las siglas y a las ideologías que sirven de paraguas a las listas presentadas ante los electores. Con el mayor respeto hacia las personas, es dudoso considerar que quienes ahora son ediles de grupos importantes llegaran siquiera a superar las barreras electorales si se hubieran presentado por sí mismos. Es el partido el que le confiere la fuerza global.

Pero si bien todos están dispuestos a aceptar antes el impulso que electoralmente le dan unas siglas y unas ideas, ahora se ve como después de las elecciones cada cual considera que debe gestionar su voto como una cuestión personal, en lo que más le favorezca a él y a su entorno personal. La cosa es especialmente grave en Tenerife y la Palma, donde la rebelión hacia los órganos superiores de decisión es abierta y, curiosamente, en algunos casos (como el del secretario insular, Aurelio Abreu), se ejerce por quien le aplicó el rodillo de “la autoridad” del partido a los anteriores gestores en la Isla.

Y precisamente ahora dentro del PSOE se escuchan voces que responsabilizan a Aurelio Abreu de una situación que, dicen, no ha sabido manejar y en la que ha autorizado que cada cual administre los votos según su afán de poder local.

Se le tacha de que lejos de ser el intérprete de los intereses y de las posturas que el PSOE mantiene desde una perspectiva de partido regional y nacional, ha reconvertido al PSOE de Tenerife en un grupo  insularista, una coalición  de  entes locales, cada cual con autonomía y libertad absoluta de acción al margen del PSOE… y todos con sus votos prestados. Lo acusan de que más que contribuir a dar salidas a la crisis interna, ha echado gasolina al fuego y ayudado a crear focos de conflictos dentro del PSOE.

Lo peor del asunto es que todos hablan de alianzas para la toma del poder , pero no de programas y presupuestos: ¿Hay recortes o no?, ¿Se suben o se bajan los impuestos? ¿Se quitan o se aumentan las ayudas? ¿Los planes generales son de esta u otra manera?… Y de eso, nada.