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POR PETENERAS > RAFAEL ALONSO SOLÍS

15-M

   

El 15 de mayo de 1966, Antonio Chenel, que era ya un torero en sazón, aunque aún no había conquistado las preferencias de Las Ventas, se dirigió a la boca de riego y citó de lejos. Atrevido, un toro de Osborne al que se podía calificar de veragueño, ensabanado, alunarado, calcetero y algunas otras cosas dignas de reseña, galopó alegre y se produjo la conjunción. La faena fue un hito, un breve viaje al espacio del éxtasis y un soplo de misterio, y como tal es recordada por la afición. Uno la glosa ahora por no haberlo hecho antes, por andar escaso de ideas y porque ayuda a ligar las letras desde el principio. Tres años después, y a lo largo de los meses de mayo y junio, los estudiantes franceses, actuando como punta de lanza de una oleada cultural que soñaba con un mundo diferente, se echaron a la calle, inventaron la inutilidad de la asamblea permanente y pusieron en la picota de la imaginación la organización capitalista de la posguerra. Una organización que, al final, y a partir de la llegada de las vacaciones, se instaló para, al parecer, quedarse para siempre y garantizar que las cosas fuesen como son. El 15 de mayo de 2011, aprovechando el tirón del santo y la convocatoria de elecciones municipales y autonómicas, miles de personas se comenzaron a instalar en las plazas públicas para sorpresa de la clase política, acostumbrada como estaba a llevárselo por la cara y sin esfuerzo. Se desconoce, a la hora de redactar estas líneas, si se trata del principio de algo o si todo se diluirá en torno al verano, una época en que el calor suele sofocar las conciencias y avivar otros fuegos. En cualquier caso, debe descartarse que el grito de las plazas recuerde a los que daba el fundador de Falange Española, tal como sugiere -no se sabe si equivocado o sarcástico- un prestigioso economista tinerfeño, ya que aquí hay política y no rechazo de ella, sino de esta especie de chalaneo trilero al que nos han acostumbrado las familias. Si el mayo francés no cambio nada y jamás se llegaron a levantar suficientes adoquines para ver la playa -que, en efecto, estaba debajo, pero a más profundidad-, sí dejó el poso de recuerdos que a veces nos sirven para remontar el hastío. Por eso hay que celebrar que, de vez en cuando, alguna generación decida no conformarse y se dé un chute de utopía. Al menos, por el contraste, se han hecho aún más evidentes las banalidades de los profesionales.