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NOMBRE Y APELLIDOS > POR LUIS ORTEGA

Antonio Gaudí

   

Por unos días, la admiración internacional por la Sagrada Familia, que multiplicó sus visitas tras la consagración oficiada por Benedicto XVI en 2010, cedió espacio a un suceso de poca monta -el robo de piezas de metal y llaves de alcancías por un perturbado con antecedentes penales- que pudo acabar en tragedia porque, para facilitar su huida, prendió fuego a unos ornamentos y sembró el pánico entre los cientos de turistas.

La densa columna de humo que ascendía de la cripta, donde actuó el ladrón, alertó a los fieles y empleados del templo expiatorio y, pocos minutos después, la llegada de los bomberos y de la policía autonómica, que detuvo al autor, retenido por unos visitantes, normalizó la situación y, unas horas después, las colas de curiosos volvieron, como cada día, a las visitas individuales y guiadas, salvo en la bóveda subterránea que necesita reparaciones de cierta importancia.

La atención periodística y la preocupación ciudadana se centraron en los fallos en los servicios de seguridad que ponen en riesgo la máxima creación de Antonio Gaudí i Cornet (1852-1926). El suceso puede y debe ser una mera, y desgraciada anécdota, en la fábrica de referencia de Barcelona y Cataluña, si como afirmó Joan Rigoll, presidente del patronato del templo expiatorio, se refuerzan las medidas de protección, con personal y medios técnicos que garanticen que no se puedan cometer atentados de este tenor con un espacio religioso y artístico que, tras el Museo del Prado y la Alhambra de Granada, es el lugar más visitado de España, además de contar con el preciado título de Patrimonio de la Humanidad.

Dentro del susto, el gran alivio para los gestores y para la comunidad catalana es que la maravilla de piedra que concibió el genial arquitecto de Reus no resultó afectada, ni en su estructura interior, especialmente en la suntuosa nave central ya concluida, ni en los singulares elementos de ornato que diseñó hasta el último detalle una personalidad única, tan inspirado y original como artista como ferviente católico que asumió la responsabilidad de dirigir un proyecto tan ambicioso -una catedral para los pobres- con apenas treinta y un años y que se entregó en cuerpo y alma a esta colosal empresa hasta su muerte, ocurrida en un accidente de tráfico.

El objetivo común de los patronos y de las instituciones catalanas es completar la iglesia de las dieciocho torres -doce dedicadas a los apóstoles, cuatro a los evangelistas y las más altas a María y a Jesucristo- en 2026, en la conmemoración del centenario del soñador que ilusionó con su quimera a todo un pueblo.