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AVISOS POLÍTICOS > POR JUAN HERNÁNDEZ BRAVO DE LAGUNA

El amor del pueblo

   

El domingo 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones municipales en España en un clima de crisis política y también económica, consecuencia de lo sucedido en octubre de 1929 en el denominado jueves negro de la Bolsa de Nueva York. Las candidaturas de izquierdas y, en general, las republicanas vencieron en los grandes núcleos urbanos y en las ciudades importantes (por ejemplo, en 41 capitales de provincia).

En Madrid los concejales republicanos triplicaron a los monárquicos y en Barcelona los cuadruplicaron. Sin embargo, los partidos conservadores y monárquicos del centro y la derecha obtuvieron el mayor número de votos en el cómputo global del conjunto del país, y ganaron en los ámbitos rurales, los pueblos y algunas ciudades (por ejemplo, en 9 capitales de provincia). Pero, a pesar de ese triunfo monárquico en número total de votos, la victoria republicana exclusivamente urbana y capitalina determinó nada menos que la caída de la monarquía y el exilio del rey Alfonso XIII; la proclamación de la Segunda República y la formación de un Gobierno provisional; la convocatoria electoral a Cortes Constituyentes y la aprobación, en diciembre de ese año, de una nueva Constitución, que venía a sustituir a la Constitución de 1876.

En resumen, la victoria republicana únicamente en las grandes ciudades y capitales produjo el más profundo e intenso cambio de régimen político que se había producido en España desde las Cortes de Cádiz. Y eso que se trataba de elecciones municipales y que en el momento de la proclamación del nuevo régimen los resultados parciales contabilizados eran de unos 22.150 concejales monárquicos por solo 5.875 republicanos, quedando en torno a 52.000 concejalías sin adjudicar aún.

Se suele justificar lo sucedido argumentando que las elecciones se habían convocado para comprobar los apoyos con los que contaba la monarquía, muy desacreditada por su connivencia con la dictadura del general Primo de Rivera. Y que se estaban sopesando las posibilidades de modificar las normas electorales antes de la convocatoria de elecciones generales.

También se ha dicho que los resultados de las circunscripciones urbanas principales eran más representativos de la auténtica voluntad popular porque en ellas el voto estaba menos adulterado que en las rurales, en donde la influencia y la presión de caciques y terratenientes, partidarios en su inmensa mayoría de la monarquía, era mucho mayor. Pero lo cierto es que los republicanos se apresuraron a considerar los resultados habidos como un plebiscito a su favor y actuaron en consecuencia. Y la neutralidad del Ejército y la Guardia Civil hizo el resto.

El pasado domingo se celebraron elecciones municipales y autonómicas en España en un clima de crisis política y también económica, una incesante y terrible crisis que el Gobierno actual no ha sabido combatir e, incluso, ha ayudado a agravar, y que, entre otras estadísticas aterradoras, exhibe un más que alarmante saldo de cinco millones de parados.

El partido gubernamental fue derrotado en todas las Comunidades Autónomas en juego y sufrió un tremendo descalabro en las contiendas locales y en el cómputo global de votos. Por centrarnos en las elecciones municipales, los socialistas perdieron algo más de un millón y medio de votos respecto a las elecciones municipales anteriores.

Por el contrario, la victoria del Partido Popular le supuso unos 2.200.000 votos y casi 5.000 concejales más que el Partido Socialista, medio millón de votos más que los obtenidos en las elecciones de 2007. En definitiva, los populares casi doblaron sus mejores resultados municipales (1995), los que le llevaron a La Moncloa un año después.

Por supuesto que no es correcto comparar procesos electorales de naturaleza diferente porque las circunstancias electorales y el comportamiento de los electores varían: solo son plenamente comparables entre sí las elecciones de la misma naturaleza.

En Canarias, sin ir más lejos, hace tiempo que se han constatado distintos mapas electorales en cada uno de los niveles electorales. Pero nada impide que, a título de ejercicio ilustrativo, calculemos que, según los resultados municipales del pasado domingo, en el Congreso de los Diputados el Partido Popular habría aumentado de los 154 escaños con los que cuenta ahora hasta 162, mientras que los socialistas habrían perdido 52 escaños, descendiendo de sus actuales 169 hasta 117. En otras palabras, se hubieran quedado a 8 escaños del resultado que consiguió Joaquín Almunia en el año 2000, la última de sus derrotas en unas elecciones generales (125 escaños), mientras que los populares hubiesen mejorado sus resultados de 1996 (158 escaños) y de 2008 (154), quedando a 14 escaños de la mayoría absoluta.

A esto habría que añadir, con todas las reservas del caso, que en la historia de la joven democracia española, y a excepción de lo sucedido en las elecciones generales de 2008, el partido más votado en unas elecciones municipales y autonómicas siempre ha ganado las elecciones generales siguientes. Proyecciones electorales alternativas certificarían igualmente la derrota socialista.

El 16 de abril de 1931 se anunció un manifiesto, redactado en nombre del rey por el duque de Maura, hermano de Miguel Maura, y que solo publicó el diario ABC, al día siguiente y en portada. El manifiesto comenzaba: “Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”. Y tal afirmación la hacía un rey que se había exiliado tras unas elecciones meramente municipales, y que en los pueblos y ciudades de España contaba con cuatro veces más concejales que sus antagonistas republicanos.

El pasado domingo Rodríguez Zapatero (que, afortunadamente, no es un rey) ha perdido en Madrid, como siempre, y en Barcelona, por primera vez en más de treinta años. Ha perdido en Sevilla y en todas las capitales andaluzas. Ha perdido en Castilla-La Mancha y en Extremadura. Ha perdido todo lo perdible. ¿Qué más hace falta para que reconozca que ya no tiene hoy el amor de su pueblo? Un pueblo que ni siquiera le pide que se exilie, sino algo tan razonable y democrático como que adelante las elecciones generales y permita que los ciudadanos hablen y juzguen su labor; que no prolongue su irremediable agonía política y la de su partido nueve meses más; y que sienta menos amor por el poder y un poco más por los españoles y por España. Porque hay amores que matan. Sobre todo en política.