X
DESPUÉS DEL PARÉNTESIS > DOMINGO-LUIS HERNÁNDEZ

El escritor

   

Se sospecha que aquel hombre refirió la historia que refirió para hacer constar (y acaso para enaltecer) la profesionalidad y la obsesión por la escritura de uno de los más grandes escritores de la lengua española.

Cuentan que quien lo oyó le preguntó más tarde a Mario Vargas Llosa si era cierta la anécdota que detalló Carlos Barral en su día sobre su obsesión por la escritura y su profesionalidad. Y afirman que Mario Vargas Llosa nunca negó, y acaso tampoco negará en el futuro, la versión de Carlos Barral sobre su profesionalidad y sobre su obsesión por la escritura.

La historia queda así, que es tal y como a mí me la contaron.

A principios de los años sesenta llegó a las manos del editor Carlos Barral el manuscrito de una novela sorprendente que lo sojuzgó. Era una muestra ya muy elaborada de lo que luego se conocería con el título de La ciudad y los perros.

Tal fue la conmoción que le produjo a Barral que quiso conocer al joven que había compuesto semejantes páginas y voló hasta Lima para encontrarse con él.

Quedaron en un lugar cerca del Malecón Paul Harris para comer. En el restaurante elegido, mientras hablaban de los intríngulis del sustancial relato de Vargas Llosa, de la composición, de la fuerza de su escritura, de los personajes, del sentido de la violencia, Barral pidió una ginebra y luego dos.

Mario Vargas Llosa pidió un vaso de leche y repitió. ¿Qué ocurre?, dicen que se preguntó el editor. Nada en especial, le habría contestado Mario Vargas Llosa si Carlos Barral se hubiera interesado por lo visto: un escritor en el uso de su oficio no puede beber, le habría respondido, porque la bebida atrofia, ni puede andar en jolgorios y tugurios en semejante trance porque lo distraen.

Comieron un pescado exquisito y Carlos Barral pidió una botella de vino blanco del Rin para acompañar la vianda. Vargas Llosa no lo probó, ni siquiera para retener en el paladar la tersura del caldo. Luego, Carlos Barral añadió sorpresa a la sorpresa ante quien se acompañaba de agua ante semejante manjar.

Hacia las tres de la tarde Carlos Barral ya soportaba una lógica pesadez por el alcohol ingerido, pero seguía en animada charla con el joven que lo había sorprendido con el manuscrito que pronto inauguraría la alargada sombra de los escritores del Boom de la novela hispanoamericana.

Hacia las tres y media, Mario Vargas Llosa le comunicó a su interlocutor que a las cuatro de la tarde habría de retirarse irremisiblemente a su estudio para trabajar. Carlos Barral, el editor más perseguido de la época en el mundo hispano, volvió a sumar sorpresa a las sorpresas ante semejante actitud, de un joven que quería ser escritor y de un joven que precisaba para conseguirlo una editorial como la que él dirigía, esto es, Seix Barral. Le propuso, no obstante, que podría trasladarse con él a su despacho, así descansaría en el sofá que allí existía mientras él trabajaba y daba cumplimiento al horario que se había impuesto. Aceptó. Entraron al estudio, Carlos Barral se recostó en el sofá y Mario Vargas Llosa se colocó en el pupitre de trabajo ante la máquina de escribir. Mientras Barral se aprestaba a descansar, oyó el sonido de las teclas contra los folios y el carro. El golpeteo persistente y regular lo ayudó a dormitar.

Entre la modorra, Carlos Barral oyó tiempo después el sonido de un timbre, unos pasos ligeros y presurosos que se dirigieron a la puerta, una mano que accionó el pomo de la cerradura y la voz del joven escritor que preguntó sorprendido: “¿mujer, qué haces tú aquí; no sabes que a estas horas yo trabajo?” Los pasos del joven volvieron a su pupitre. El sonido de los tacones de la mujer lo siguió. Carlos Barral previó vivir una escena perversa que sin duda iba a producirse allí. Luego, giró su cuerpo en el sofá cual si durmiera profundamente y aguzó el oído. Las teclas de la máquina de escribir comenzaron de nuevo a estampar letras en el papel sobre el carro.

Oyó movimientos ligeros de ropa, prendas finísimas caer al suelo y unos zapatos femeninos que rodaron por el piso. La máquina dejó de sonar y Carlos Barral esperó con el corazón en un puño. Y entonces lo oyó: “¿mujer, qué haces tú desnuda así?”

La máquina de escribir volvió a estampar letras en la hoja sobre el carro. Carlos Barral oyó el refunfuño de la mujer, intuyó los movimientos de la mano que buscaron prendas por el suelo, el sonido del vestido que cubrió otra vez el cuerpo de la joven, los zapatos que calzaron los pies, los pasos atronadores que se dirigieron a la salida, la puerta que se abrió y el portazo que la cerró.

Los golpes de las letras sobre el papel no se interrumpieron y entonces Carlos Barral durmió profundamente preso de aquel concierto hasta que el joven escritor Mario Vargas Llosa terminó su jornada de trabajo y volvieron a hablar y más hablar de lo que definitivamente sería La ciudad y los perros, de la escritura y de la literatura.