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LA COLUMNA > POR MANUEL IGLESIAS

Elogio al surrealismo local

   

André Bretón hablaba de Tenerife como la isla surrealista y se ve que el hombre entre lo que conocía y lo que barruntaba del paisanaje, tenía sus razones.

El viernes acudí a un acto acompañando a la periodista Nana García, que fue la coordinadora de la información de DIARIO DE AVISOS en el pasado Carnaval y que debía recibir un premio concedido al periódico por la esforzada asociación de creativos, que recoge a los diseñadores y otros personajes que son fundamentales en la fiesta y que tienen un gran mérito al organizar estas actividades como colectivo.

Era peculiar, por ejemplo, que en el momento de entregar las distinciones no estuvieran las dos primeras, un ente y una persona muy conocidas (que ya es raro que te premien desde un colectivo tan notorio y ni siquiera aparezcas o envíes a alguien en tu lugar), pero todos, incluido el público, lo tomaron como si fuera lo esperado, lo que es ya es un indicativo de propensión a superar lo real.

Especialmente notorio de lo surreal fue el lugar de celebración. Era la plaza de la Candelaria, al lado del campamento de los llamados indignados. Mientras que estos, con megáfonos, se daban los respectivos mítines entre casetas y jaimas, coreando las llamadas a la rebeldía, abajo, en un escenario que podría generar perplejidad, ya que estaba ilustrado con escenas de agricultores aventando trigo, mientras que el acto se refería al Carnaval (tampoco le extrañó a nadie), se sucedían los bailes y las intervenciones musicales, así como las periódicas entregas de premios, efectuadas por galardonados anteriores, que en todos los casos se mostraban muy contentos de haberse conocido entre sí, de acuerdo a los elogios que se intercambiaban. Marcado todo con un cierto aire de confusión cuando el galardonado no aparecía y el ‘entregador’ se quedaba con el premio en la mano. Uno incluso se lo llevó él.

De vez en cuando, alguno o algunos de los airados se descolgaban de la concentración que estaba a cinco metros y al pasar se detenían para lanzar algún grito o consigna. Uno proclamó estentóreo un “¡democracia y libertad!”, que dejó un tanto confuso a los organizadores, porque no estaba claro el objeto de la demanda a quienes allí estaban. Porque si hay un gremio de libre pensar y sin prejuicios, ni sexuales ni de otro tipo, es el de los diseñadores.

Pero todo se veía normal. Los golpes, si los había, se absorbían en un cojín de espuma y no se apreciaba un gesto de extrañeza o de desconcierto y la cosa iba con fluidez, teniendo en cuenta las circunstancias. Entre perriflautas y guapas engalanadas -con el añadido de las gentes de una cena de graduación en el Real Casino-, se movía el ambiente, en verdad que bien surrealista, entre mundos tan dispares.

Y esto no es una crítica, sino todo lo contrario, un elogio al liberalismo tinerfeño. que ejerce lo de creer que el tiempo termina por poner a todo en su sitio. Si uno no mete la pata antes.