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LOS IDUS DE MARZO > POR JORGE BETHENCOURT

Esperando al señor Godot

   

Hace unas semanas, los chicos del 15M, con independencia de quienes les apoyaban o les consideraban unos majapapas, eran el centro de la actualidad informativa y una expresión del descontento mayoritario de la sociedad civil con los poderes públicos. Hoy los echan a patadas y porrazos de la plaza de Cataluña, en Barcelona, y están al borde de salir a gorrazos de Sol, en Madrid, donde tienen ya más que hartos a los comerciantes de la zona. ¿Qué ha cambiado? Que ya pasaron las elecciones. Que el comportamiento anómalo de instituciones y partidos políticos, afectados de una infección oportunista de tolerancia, se ha marchado con viento fresco y hemos vuelto a la realidad. La cruda realidad.

El palo y tentetieso que, sin querer, ha echado un chorro de oxígeno sobre un movimiento que se estaba apagando y que ha confundido el derecho a la manifestación con el de la ocupación prolongada de espacios públicos, para lo que hay que pedir permisos y pagar dinero. Porque lo público, que es de todos, casualmente no es nuestro sino de esa cosa etérea llamada administración. Y si querían más Estado, ya tienen dos tazas como aperitivo.

Hace unas semanas, líderes de todos los partidos se multiplicaban en comparecencias en los medios de comunicación para expresar promesas de cambio y proyectos de futuro. Provistos de una locuacidad infatigable llenaban de palabras y reflexiones páginas y páginas de periódicos, espacios de radio y televisión. Nos contaban los debates internos de los partidos, las razones de la elección de sus candidatos, las discrepancias con las ofertas del adversario…Todo y con todo lujo de detalles. Hoy, sumergidos en las negociaciones de los pactos para formar gobierno, los partidos han tendido un espeso manto de silencio sobre sus encuentros y propuestas, sobre los que sólo cabe especular.

El apagón informativo sólo se rompe ocasionalmente cuando alguien hace algunas declaraciones plagadas de vaguedades sobre que se están estudiando posibilidades, analizando propuestas, reflexionando o consultando con sus órganos de gobierno… Las negociaciones sobre el poder no son transparentes, sino translúcidas. Se pueden adivinar las siluetas de los protagonistas difuminadas tras la barrera que se ha interpuesto entre la realidad y su relato.

Con unos resultados tan matemáticamente complicados como los que se han obtenido en Canarias, las conversaciones entre partidos políticos no sólo son normales, sino que se vuelven imprescindibles. No es antidemocrático, sino todo lo contrario, que en nuestro actual sistema electoral se deban buscar mayorías estables de gobierno si no se han conseguido directamente a través de las urnas. Pero resulta bastante más discutible que ese proceso se desarrolle de una forma opaca, intestina, ajena al conocimiento de unos ciudadanos cuyo papel relevante, al parecer, terminó en el momento en que dejaron caer sus papeletas de voto en las urnas.

Uno aprende con el tiempo que para cualquier chaqueta hay una percha y para cualquier decisión un discurso que lo soporta. Es una evidencia que, una vez tomada una decisión, hay expertos en elaborar un sistema de razonamientos que la soportan con toda solvencia. Así que cualquiera que sea el pacto o los pactos de gobierno que se hagan en Canarias, los exégetas serán capaces de explicarnos con toda claridad las razones que lo han hecho no sólo posible, sino inevitable. Pero lo único cierto es que se está negociando un reparto de poder y en clave de poder político. O lo que es lo mismo, no se está haciendo una reflexión sobre los programas políticos que tienen que ver con la solución de nuestros problemas, sino los intereses electorales puros presentes y futuros de las opciones políticas que compiten por tener el apoyo del electorado. Algo muy respetable, pero infinitamente menos importante.

Cualquier pacto de Gobierno que se plantee en Canarias va a ser como un plato agridulce, porque tendrá la ventaja de estar en el poder y el desagradable costo de que supondrá repartir gobierno con un adversario. Hacer quinielas en la política de las Islas es tan arriesgado como jugar a la ruleta rusa con un revolver al que no se le ha quitado ninguna bala. Seguramente te volarás los sesos. Aquí puede pasar de todo y en todas partes. Porque no hablamos siquiera de política, ni de programa, sino de un espeso puré de guisante compuesto de relaciones personales y clientelares de partido. Hay, eso sí, algunas evidencias. Y la más paradójica es que el gran derrotado de estas elecciones, el PSOE, tiene la llave que abrirá casi todas las puertas de acceso al poder.

Es como si hubiésemos entrado en un limbo, ese lugar en tierra de nadie donde todo está en suspenso, en transición sin tiempo hacia alguna parte. Pero es una falacia. La crisis económica no ha desaparecido, porque ha venido para quedarse. Muchas corporaciones locales están en situación ruinosa. La administración pública de Canarias necesita clamorosamente una drástica reforma que reduzca sus costos operativos y aumente su eficacia. El marco fiscal de las Islas es un contrasentido obsoleto e incoherente con nuestra economía de servicios turísticos y nuestros propósitos comerciales a medio plazo. El planeamiento urbanístico es un sudoku donde faltan números y sobran casillas.

El paro estructural es un escándalo y cualquier reforma de la administración lo aumentará inexorablemente. El enfriamiento del consumo parece una glaciación. La gente no puede pagar las hipotecas de sus viviendas y corren el riesgo de perderlas (sin que les sirva siquiera para saldar su deuda) a favor de esos bancos que declaran beneficios bochornosos en épocas de recesión. La seguridad de nuestros enclaves turísticos sigue degradándose lenta y perceptiblemente, entre decapitaciones escandalosas y tiroteos en descampados, mientras los responsables públicos aseguran que aquí no pasa nada de nada.
Mientras discuten quién y cómo se reparte el poder público, uno se pregunta para qué. Más que quién lo ejercerá, cómo lo hará para sacarnos de este gigantesco atolladero. Y la ominosa sensación que te sube por las canillas es que, sean quienes sean los que se saquen la bonoloto, no seremos nosotros. Que tendremos nuevos gobiernos, pero viejos problemas.

El error de la gente del 15M es que, ante la degradación de la democracia y de las libertades, pedían más Estado (y se lo mandaron vestidos de negro y porra en ristre). En la acampada mental –muy parecida sintácticamente a una empanada mental—en la que llevo hace algunos años, lo que me grito a mí mismo es exactamente lo contrario. Y cada nueva elección, cada nueva decepción, me hace pensar que hay dos mundos que orbitan en soles lejanos y distantes; el de los partidos políticos y su universo de inquietudes, con sus reglas que cambian a capricho de la oportunidad (qué vergonzosa designación dedocrática la de Alfredo Pérez Rubalcaba) sus discusiones y repartos de poder y el de los que apenas llegan a fin de mes y les miran con un telescopio de esperanza que empieza a estar lleno de telarañas. Son como esos botes de champú que están en las duchas, que dan la impresión de una abundante oferta de jabones a tu disposición. Pero sólo dan la apariencia de servir, porque realmente, mientras maldices por lo bajo restregándote con la esponja seca, no sirven para nada. Están vacíos. Siguen ahí en la jodida repisa, pero están vacíos…

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