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Francisco de León, 30 años al raso

   

Francisco de León duerme junto a otros tres indigentes en la entrada principal de un reconocido centro comercial en Santa Cruz de Tenerife. / DA

ÁNGELES RIOBO | Santa Cruz de Tenerife

Son las 21.30 horas. Un reconocido centro comercial cierra sus puertas. Las luces de los escaparates, donde exhiben todo tipo de artículos y demás enseres con los que, suponen, cualquier ciudadano que se precie necesita para vivir, se apagan hasta el día siguiente. Solo 15 minutos después, comienzan a llegar, a cuentagotas, hasta cuatro nuevos usuarios, con un nuevo perfil.

Se aproximan despacio hacia la entrada principal, convertida ahora en un muro negro y una pequeña explanada resguardada, oscura e intransitada, y portan cartones para aislarse del frío y bolsas de plástico en su mayoría con breaks de vino y cervezas de lata en su interior. Cada uno comienza a colocar los cartones en su sitio de manera organizada. Dormirán al raso, abrigados por la oscuridad y el anonimato de la noche.

Francisco de León es uno de los cuatro bultos que yacen en la entrada del negocio, que no tiene reparos en hablar y compartir sus cervezas y su historia, “porque no tiene nada que esconder”.

Un año aquí

Así, tras la tarjeta de presentación,  cuenta con naturalidad que escogía ese lugar para dormir, hace menos de un año, pero ha frecuentado otras zonas de la capital santacrucera como la avenida de Anaga, la plaza de España, o a iglesia de Santo Domingo de Guzmán, en la avenida 3 de Mayo. Y es que tiempo ha tenido, pues dice que lleva 30 años en la calle, justo el periodo que ha estado sin trabajar desde que una máquina le dañara su mano izquierda, (y posiblemente también le dañara una buena parte de su autoestima), cuando estaba de marinero en un buque, el Gabir.  “Tenía unos 30 años. La máquina me cogió la mano y me fui a la Casa del Mar. Me curaron pero no estaba asegurado, con lo cual ni tuve pensión ni pude volver a trabajar”, cuenta.

Un refrán popular dice que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana. En el caso de Paco así fue. Poco tiempo después de su fatal accidente llegó el divorcio de su mujer con la que entonces llevaba unos 13 años y había tenido cuatro hijos.

Se fue de casa, se encontraba solo, e inútil “por no poder trabajar”. Creyéndose inválido comenzó a pedir en la calle para subsistir, sin saber quizá que estaría así durante los siguientes 33 años de su vida…

Es majorero de El Cotillo donde pasó una infancia rodeado de, sol, mar, barcas, pescado y redes, pero uno de los recuerdos más vivos es el cocotazo que se llevó a los 9 años por quedarse medio dormido mientras pescaba 54 años después, lo recuerda como si fuera ayer. Llegó a Tenerife con unos 17 años, ya trabajaba en los barcos.

Es un hombre sereno y educado aunque con un discurso algo difuso, tal vez por la influencia de los grados de las cervezas o por la costumbre de intentar controlar y ocultar la dureza de las vivencias de tantos días en la calle, donde prefiere estar antes que en casa de algún pariente.

Familia

Precisamente el tema de la familia es el único que le hace cambiar el tono, y el talante. Es su tema tabú, el talón de aquiles de un hombre esbelto, regio y de más de 1.85 de altura. “Yo de mi familia no quiero saber nada”, afirma y expone de soslayo que no mantiene contacto con sus cuatro hijos. De hecho, prefiere dormir en la calle antes que ir con algún pariente. Únicamente habla con cierta ternura de su madre, a la que va a visitar de vez en cuando en Santa Clara. “Muchas veces subo a pie tranquilito por el Camino del Hierro, para ver a mi madre, pero me estoy poco allá porque no me gusta lo que veo”. Francisco critica que sus hermanos y las parejas de estos vivan con ella unicamente “para sacarle la pensión y darle problemas a la pobre mujer”. Cuenta que sus dos hermanos han caído en las drogas y presume de que los estupefacientes no vayan con él. “Yo sólo me echo mis cigarros, mis cervecitas y mi vinito, de vez en cuando”, dice.

De hecho, apunta que nunca ha tenido problemas con nadie y no ha pasado por situaciones difíciles a pesar de dormir a la intemperie. “Yo no he robado ni matado; me estoy tranquilito y ya está”. Atribuye su suerte a su propio carácter que le impide meterse en problemas, y a que “pasa de las drogas”.

Francisco de León come gracias a las Hermanas de la Caridad de la calle de la Noria y de la benevolencia de la gente. “Hay dos chicas gallegas que pasan por aquí cuando pasean a su perro y me dan algo”, dice.

Antes acostumbraba a pedir en la puerta de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán. Su día lo pasa caminado por ahí, conociendo gente.

A pesar de su situación, dice que no le pide nada a la vida, y agradece que no le falte un plato de comida. Tiene una novia gallega con la que no puede convivir por sus problemas psiquiátricos.

Sus planes de futuro no pasan de la media hora siguiente y sus aspiraciones no parecen ser muy altas. En ocasiones, el trasfondo de sus palabras deja entrever que, en cierto modo está esperando una muerte a la que tampoco teme.

Compañeros

Este sin techo santacrucero lamenta el fatal destino de los  fallecidos en las calles en la capital en los últimos meses. “Yo conocía al que murió en el Mercado y también había coincidido alguna vez con el del Estadio”, destaca.

No le sorprende el alto número de fallecidos, lo que solo le extraña es la gran repercusión mediática. Desde su opinión, siempre han muerto indigentes en las calles. “Recuerdo a Pepe el Manguera y al Chancla, murieron hace años y solían parar frente a la plaza de España, frente a Correos…”.