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DESPUÉS DEL PARÉNTESIS > POR DOMINGO-LUIS HERNÁNDEZ

Juego de dobles

   

Llegamos a su casa con puntualidad exquisita porque sabíamos que él es exquisito en ese menester y no podíamos faltar a su respeto. Nos esperaba, abrió la puerta, nos hizo pasar a su salón y nos acomodó en los cómodos sillones. Daniel María introdujo una leve conversación, considerada y medida como siempre; Catheryn permaneció a la espera, como es habitual.

Pasados unos minutos, la curiosidad del principio dio paso a la realidad. Entonces Francisco Regueiro, el gran Francisco Regueiro, uno de los más eximios directores de cine de España y uno de los dibujantes más conspicuos del país, procedió como habríamos de haber procedido. Nos dijo: “Sé de dónde venís, sé a qué venís a mi casa, pero no relaciono los rostros con las voces que he oído por teléfono. ¿Quiénes sois?” Se sorprendió de que Daniel fuera tan joven y que Catheryn fuera tan guapa. Me tocó el turno a mí. “¿Cómo?”, dijo, “tú eres Domingo-Luis Hernández, el que ha escrito ese extraordinario ensayo sobre Sacrificio de Tarkovsky”. Y lo oí: “Es usted un digno doble de Éric Rohmer. No podía imaginarme que un Play Boy del sur pudiera escribir sobre eso y así”.

Reímos, claro. En efecto, nos habíamos citado con Francisco Regueiro para rescatar la única copia que existe en el mundo del guión de Durme, duerme, mi amor, que publicaremos en setiembre en la serie Sýnoros de La Página, y yo estaba ataviado como era menester para asistir esa tarde a la presentación de Erich el zurdo en la librería Estudio en Escarlata. Aunque guardaba la corbata en un bolsillo, a Regueiro le sorprendió verme así, con ropa tan esmerada.

Visto lo visto, dado que todos éramos ya lo que éramos, es decir, gente de confianza, y que las personas mayores no pueden perder tiempo, procedió con su inquietud. “Por cierto, hablando de dobles”, dijo. Se alzó de su asiento, se dirigió a su escritorio y nos mostró el libro que leía y que lo tenía anonadado: el Miguel Delibes de cerca, de Ramón García Domínguez.

Nos contó que un viejo fantasma había resucitado y que lo seguía por todos los rincones de su casa. La conclusión a la que llegaba era múltiple, pero la resumía un hecho particular: su vida y la vida de Miguel Delibes eran vidas paralelas. El 22 de noviembre murió la mujer de Delibes; el 22 de noviembre murió la mujer de Francisco Regueiro. La íntima y sustancial relación de uno con su esposa (incluso después de desaparecer) era la íntima y sustancial relación del otro con su esposa (incluso después de desaparecer). Nos dijo que la soledad de ambos (a pesar de los hijos de uno y de su hija) no era inquietante, era básica; el silencio demasiado ruidoso.

Y compuso varias páginas de las vidas que fueron, del maestro que lo siguió en el Norte de Castilla pero que se negó siempre a mantener con él la más mínima conversación. ¿Por qué?, se preguntó más de una vez y ahora comprendía, luego de repasar las páginas de una extensa biografía.

Nos reveló que los premios de Delibes contenían también sus fracasos. Adujo que Delibes nunca le perdonó que él fuera mucho mejor dibujante, desde los primeros ejercicios en el periódico que compartían, uno como trabajador de oficio y otro como director, hasta sus celebrados aciertos en La Codorniz. Asimismo que Delibes no pudiera ejercer una actividad a la que Regueiro se dedicó: jugar como profesional, y de extremo izquierdo, en el Real Valladolid.

Para que entendiéramos lo que nos revelaba, se levantó de nuevo del asiento y buscó entre sus pertenencias el carnet federativo de la época.

Otra cosa, nos comentó: Delibes hubiera dado uno de sus brazos por ser director de cine, cosa que no logró. Cuando Francisco Regueiro estrenó con éxito en Cannes Padre nuestro, sintió que los velos entre su maestro y él se rasgaron definitivamente.
“Hijo no reconocido por su padre”, razonó; “¿por qué no me escucha mi padre?”, preguntó. Y recordó que todos los discípulos de Delibes en Valladolid (por ejemplo, Francisco Umbral) siguieron cobijados por la sombra del protector, sin menoscabo, sin socavamiento alguno a la estima. Él no.

Francisco Regueiro se mantiene enhiesto en sus principios, tanto los personales como los artísticos. Su idea del cine es radical, exquisita, sobresaliente. Por eso Éric Rohmer es para él un referente absoluto, como Wells, Kurosawa o el Tarkovsky primero. Ma Nuit chez Maud salió a relucir varias veces en la conversación, por el sorprendente muestrario que ahí se ve sobre el amor y la pasión. Por eso aduce pestes sobre las intervenciones de Elías Querejeta (a quien pone un calificativo irreproducible aquí) en El espíritu de la colmena y El sur, de Víctor Erice. Por eso satiriza al Saura maniqueo que sigue a la excepcional La caza. Por eso promueve frases sardónicas sobre el predecible cine español actual.

El remate de la velada, pendiente hasta el siguiente día en el que nos volvimos a encontrar en su casa, fue que una demora radical había atenazado su vida a expensas de la vida de Miguel Delibes. “Compartimos una ciudad”, manifestó, “pero él se adueñó de la ciudad de Valladolid que a mí me mira de reojo, sólo de reojo”.

¿Por qué no podemos existir dos personas singulares, consecuentes, comprometidas y rigurosas en un mismo lugar?, se preguntó. Aduje que la muerte de los hijos resulta perentoria para algunos padres, aunque esa muerte se cumpla sólo en el deseo o en las mitologías. Y concluí que hablar es uno de los pocos signos de vida que le quedan a Francisco Regueiro (el otro es dibujar compulsivamente), luego que mi Play Boy era una argucia, un simple juego; su doble no.