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EN LA FRONTERA > JAIME RODRÍGUEZ-ARANA

La indignación

   

La indignación de varias miles de personas, decepcionadas y castigadas por una crisis de la que no tienen culpa alguna, refleja, aunque sea con retraso, el descontento que existe entre la gente acerca de las causas de un desaguisado de colosales dimensiones que no parece estar siendo gestionado desde los parámetros de una democracia real. En efecto, a través de las redes sociales de internet se ha convocado estos días a una masiva protesta que ha sido seguida, al menos en las calles, por varios miles de personas, que han expresado su profunda decepción ante lo que entienden un verdadero atentado a quien es el verdadero titular de la soberanía, del poder público: el pueblo. El manifiesto que se ha hecho público recuerda, con toda la razón, que en democracia el gobierno es del pueblo. Diría más, para el pueblo y por el pueblo.

En términos generales, y a pesar del tiempo transcurrido desde los prolegómenos de la crisis económica, no parece que políticos y dirigentes empresariales hayan sido demasiado sensibles a los graves problemas que aquejan a los más débiles y frágiles de la sociedad. El sistema financiero, uno de los causantes de la crisis, ha sido rescatado con fondos públicos, fondos que, siendo del común, ni siquiera al común se ha consultado el destino de sus aportaciones. Se ha bajado el salario a los funcionarios y se han congelado las pensiones. Mientras, el desempleo, al menos en España, crece y crece alcanzando dígitos que baten todos los récords. Entre los jóvenes, alcanza parámetros cercanos ya al 50%. Se suben los impuestos, como si la manera de paliar el gravísimo déficit que nos aqueja fuera pasar la factura a la ciudadanía. Los políticos, que se sepa, siguen disfrutando de muchos de sus privilegios y tantas empresas siguen pagando retribuciones multimillonarias a sus directivos como si nada hubiera pasado.

Es verdad, aunque cueste reconocerlo, que la ideología del crecimiento económico, especialmente en el mundo occidental, borracho de éxito y autocontemplación hasta no hace mucho, provocó una huida delante del crédito, que fue atendido por mucha gente, que se mareó ante las fantásticas condiciones que ofrecían las entidades financieras. De esta manera, a una velocidad vertiginosa, entramos en una burbuja que al poco tiempo estalló con las consecuencias que ahora todos, unos más y otros menos, padecemos. En cualquier caso, los más castigados por la crisis han sido los jóvenes y los millones de desempleados que engrosan cada día unas cifras de paro insólitas.

El derecho a la indignación, que es una manifestación de la libertad de expresión, ha explotado en los países musulmanes del norte de África ahora, con un relativo retraso, y flota sobre el ambiente en nuestro país. Un país en el que la mala gestión es admitida incluso por los propios y en el que debe superarse ese mito de la omnipotencia de la responsabilidad política. En este marco, es lógico que los colectivos antisistema sobre todo, y también tanta gente de buena voluntad que está escandalizada ante la osadía y la prepotencia de quienes se han adueñado del poder de titularidad ciudadana y de las participaciones de los accionistas en las empresas, protesten airadamente. Unas protestas que han coincidido con la campaña de las elecciones del 22-M, lo que para algunos arroja algunas dudas sobre la rectitud de sus objetivos y sobre los verdaderos instigadores de la rebelión cívica.

La sociedad parece narcotizada, sin recursos morales, resignada ante un futuro incierto y oscuro. Hasta el momento, la ausencia de reacción constituía un motivo de seria preocupación para no pocos ciudadanos que estaban a la espera de que se abriera una puerta a la protesta. Ahora, el inconformismo y la rebeldía cívica encuentran una forma de expresión que ojalá se maneje con inteligencia y sentido común para que así pueda abrirse a personas de toda clase y condición social que estén molestas con la forma en que se está gestionando la crisis. En este sentido, algunas consignas y eslóganes escuchados en estas manifestaciones es verdad que reflejan más expresiones del pensamiento único de la extrema izquierda que críticas al sistema desde una perspectiva amplia y plural. En el ámbito político son necesarios, desde luego, cambios, y profundos, de manera que las cúpulas dejen de disfrutar de singulares prerrogativas y privilegios que les permiten dirigir con mano de hierro las organizaciones partidarias. Parece llegado el momento de que la democracia interna en los partidos se estrene y los sistemas de elecciones reales empiecen a brillar por su presencia. Las listas abiertas han de ser una realidad y la limitación en los mandatos. En el ámbito financiero es obvio que los accionistas deben tener el papel que les corresponde pudiendo ejercer con toda normalidad sus derechos de forma y manera que las juntas generales sean soberanas de verdad y no comparsas para bendecir las decisiones precocinadas de la cúpula. Los sueldos de los directivos deben ser razonables, altos si las compañías van bien obviamente, pero razonables y proporcionados. Es decir, la crisis económica y financiera en que vivimos, que, para quien escribe, es el correlato de una más honda y profunda crisis moral, constituye un magnífico momento para, corrigiendo lo que no funciona, que no es poco, comprometerse de una vez y para siempre a que el ser humano sea el centro verdadero del sistema económico, político y social. Los repertorios de recetas de las ideologías cerradas han fracasado. Ahora es mo-mento de convocar a quienes saben, a quienes tienen experiencia; a quienes son capaces de anteponer el interés propio por el general y debatir en libertad los cambios que necesita esta enferma sociedad. Las medidas que se adoptan no son más que parches que evidencian que los sistemas de resolución de problemas económicos y sociales ya no funcionan. No funcionan porque se necesita un cambio de mentalidad. Algo que se echa tan en falta como de sobra están tantos que sigue acurrucados en la poltrona. Dejen a la gente que se exprese libremente, no intenten controlar los sentimientos de repulsa y censura ante tanto atropello, ante tanta ausencia de principios, ante tanta insensibilidad.

* Catedrático de Derecho Administrativo
jra@dc.es