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LA COLUMNA > MANUEL IGLESIAS

Los peligros de la abstención

   

Estamos en los últimos días de una campaña electoral que ya va dando boqueadas y donde, en general, la mayoría tiene su voto decidido, porque la experiencia demuestra que no son tantos aquellos que permanecen en una situación dubitativa e incluso en el porcentaje de los indecisos se esconde un número importante de quienes a altura de subconsciente tienen establecido por quién votarán, aunque no se refleje de una manera firme en el pensamiento declarado.

Y cuando se acerca la cita con las urnas, reaparece el problema de la abstención. No la de aquellos que toman esa decisión de una manera comprometida, sino de los que no acuden a votar por desidia, por pereza, aunque casi siempre se escondan detrás de argumentaciones contra los políticos, porque es un recurso muy cómodo para disimular lo que es simple abulia no sólo física, sino también intelectual para asumir una toma de postura política que de alguna manera siempre implica un voto.

Hay otro elemento peligroso, que es el de aquel que sí tiene un compromiso político intelectual, pero se abandona luego apelando a la individualidad: “Total, por un voto no se va a cambiar nada”. Pero en realidad no es un voto, es la suma de quienes hacen lo mismo, que quizás pueden llegar a estimar miles de sufragios no emitidos que pueden decidir un concejal, un consejero o un diputado y éstos, a su vez, el sentido del color de un Ayuntamiento, de un Cabildo o de un Gobierno. En democracia, cada voto vale como suma total. Y es sólo uno el que condiciona pasar de un empate a una mayoría, así que ya me dirán si tiene o no importancia.

Esta amenaza pende sobre todo en los proclamados como favoritos. Eso de que las encuestas den a alguien como vencedor se convierte en un arma de doble filo, ya que si bien puede alentar a aquellos que se suman a las corrientes mayoritarias o les reafirma en lo que pensaban votar (bajo una especie de mensaje subliminal de que si hay tantos que piensan lo mismo, no se está equivocado), por otra parte también propicia ese desinterés a la hora de acercarse al colegio electoral. Es el “va a ganar de cualquier manera”, que, con el efecto de la disminución, puede, en algunos casos, llegar a transformar en perdedor a un favorito, “castigado” por sus propios simpatizantes apáticos.

Y ha ocurrido. Hay quienes dicen que eso le sucedió a Ricardo Melchior cuando era candidato al Senado y perdió votos en algunos municipios que se esfumaron bajo el criterio de “va a salir de todos modos”.

Este último proceso es un efecto que perjudica especialmente a los favoritos; por lo que, aparentemente y a priori, puede ahora dañar más a Coalición Canaria y al PP. En cuanto al PSOE, su temor de las ausencias es sobre todo otro, el de los simpatizantes desencantados, que se queden en casa como manera de expresar una desilusión nacional.