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TIEMPO AL TIEMPO > POR JUAN JULIO FERNÁNDEZ

Obesidad mórbida

   

Del movimiento democracia real ya, luego rebautizado del 15-M, se dijeron muchas cosas: que si tenía componentes del mayo francés; que si era mimético de las revueltas musulmanas de Egipto y Túnez, que si se iba a subir al carro algún cojo manteca, oportunista antisistema; que si estaba manipulado por la izquierda o que si tenía asesoramientos abertzales. Pero se pasaba por alto que el sentimiento de fondo era una repulsa a la deriva que ha ido tomando, en medio de una grave crisis económica, el Estado de las Autonomías, que ha fallado en las previsiones que se pusieron en él: acercamiento de la Administración a los administrados, reducción de burocracia con mejora de gestión y contención del gasto público. Ninguna se ha cumplido.

Con un comportamiento ejemplar en la protesta y sin incidentes violentos que la hubiesen descalificado, llegaron y pasaron las elecciones autonómicas y locales y se registró un vuelco electoral que ha puesto de manifiesto que poco a poco la democracia echa raíces y madura. Pero del movimiento queda el espíritu que movilizó a jóvenes y a no tan jóvenes para decir, como dijo Ortega ochenta años atrás, ¡no es esto, no es esto!

Entre todos la alumbramos y entre todos la podemos matar, pero no de inanición, sino por obesidad mórbida. Con los fondos europeos para el desarrollo, un dinero fácil, todos los escalones de la Administración se sumaron a la vorágine de invertir en infraestructuras más de bienestar que productivas, creando un exceso de normativa para justificar a 17 parlamentos autonómicos y aumentar órganos de control, engordando las plantillas de empleados en las administraciones (más que en los servicios esenciales de educación, sanidad y justicia), multiplicando los cargos políticos generosamente remunerados y, me duele decirlo, propiciando el clientelismo al abrigo de normas electorales proclives a un neocaciquismo que se traduce en que el cargo político se haya convertido en un oscuro objeto del deseo, con costos inasumibles para la economía real. Y en esta hipertrofia y a su abrigo, hay que incluir, en no pocos casos, el desmadre de las Cajas de Ahorro con mandarines políticos. De aquí, no nos engañemos, el espíritu del 15-M, compartido por los que no se benefician del actual sistema: hay que romper la baraja y buscar otra nueva.

En la Transición, Adolfo Suárez dejó patente que asumía el reto de cambiar las instalaciones de la casa sin dejar de habitar en ella y con el objetivo de vivir, todos, mejor. Se hizo la reforma y se consiguió un confort del que adolecíamos, pero ese bienestar, fundamentalmente alimentado con un maná que nos venía de fuera, nos ha conducido a un Estado con obesidad mórbida requerido de una intervención drástica y que no se cura con dietas, sino con operaciones arriesgadas, inevitables para salvar al enfermo. Y dudo que en las limitaciones de este artículo, pueda anotar todas las prescripciones para ayudar a la curación, pero vayan por delante algunas que parecen imprescindibles: adelgazamiento drástico de las administraciones, reducción de cargos y estricto control de los niveles retributivos; reforma de las listas electorales para que los elegidos rindan cuenta a sus electores; limitación de los cargos a dos legislaturas; segundas vueltas entre las dos fuerzas más votadas cuando no haya mayorías; cambio de sistema electoral por otro que implemente la proporcionalidad o introduzca circunscripciones unipersonales; intervención y regulación de las entidades financieras; eficiencia productiva con innovaciones tecnológicas para nuevos productos que sean tengan demanda y que abaraten los costos de los que ya producimos, con medidas que favorezcan la competitividad para pasar de país importador a país exportador; reducción de gastos superfluos y usos abusivos en la sanidad, manteniendo el tratamiento y mejorando el trato.

Y sin duda algunas más. Y añado unos interrogantes: ¿si los Estados Unidos con 308 millones de habitantes eligen 635 congresistas -435 representantes y 100 senadores-, necesitamos en una España de 38 millones 609, 350 diputados y 259 senadores? ¿Y se justifica el gasto de los parlamentarios europeos? ¿Y son necesarias todas las empresas públicas? Y muchos etcéteras, pero sin caer en la tentación de romper la baraja, porque la democracia sigue siendo el menos malo de los sistemas políticos posibles.

En Canarias, salvo en las instituciones con mayorías absolutas, se abre un período de negociaciones que deben conducir no a resoluciones en cascada, sino a acuerdos ponderados y que, desde la ética de la responsabilidad, consideren caso por caso y se justifiquen por beneficiar a los electores y no a los elegidos, o sea, a Canarias. Sólo así podrían entenderse como pactos solventes y no como simples cambalaches irresponsables.