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AVISOS POLÍTICOS > JUAN HERNÁNDEZ BRAVO DE LAGUNA

Sin votos no hay democracia

   

El principio esencial de una sociedad política democrática es que la única vía legitimadora del poder político es la de los procesos electorales: la legitimidad política de origen electoral, que se basa en la voluntad de la mayoría de los ciudadanos. Ese es el motivo de que la función primordial de las elecciones sea la legitimadora, antes, incluso, que la representativa, y de que el objeto más fundamental de los sistemas electorales sea la legitimación del poder político. De esta forma, las elecciones democráticas convierten a los elegidos en autoridades legítimas: sin elecciones dignas de tal nombre serían meros detentadores del poder.

La participación en un proceso electoral democrático de conformidad con sus propias normas y la aceptación de sus resultados por todos, vencedores y perdedores, implica un proceso de socialización política en unos mismos valores y principios democráticos. Y posee una indudable dimensión simbólica política como un ritual de doble significado: en cuanto renovación de los lazos que mantienen unida una determinada sociedad política en torno a esos valores y principios y en cuanto investidura de sus gobernantes. La sociedad española, y la canaria en particular, adolecen de importantes déficits democráticos en sus valores y principios; y para reducir esos déficits serán necesarios todavía muchos procesos de socialización, muchas elecciones.

Por eso debemos ir a votar hoy. En este día de elecciones tenemos la obligación moral y política de votar y de elegir de manera responsable y meditada a nuestros representantes y gobernantes para los próximos cuatro años, porque al hacerlo no solo cumplimos un deber ciudadano, sino que estamos votando por nuestro porvenir y por el de todos los habitantes de este país. Con nuestro voto al Parlamento de Canarias, a nuestro Cabildo Insular y a nuestro Ayuntamiento estamos coadyuvando a consolidar cada vez más entre nosotros, y en cada uno de esos ámbitos, la democracia y la libertad. Y cuando salgamos de nuestro Colegio electoral después de haber ejercido nuestro derecho y cumplido con nuestro deber ciudadano de votar, podremos alegrarnos de haber tenido la oportunidad de contribuir con nuestro voto a que nuestra sociedad sea un poco más libre, un poco más solidaria y un poco más democrática. Porque la democracia no se hace sola, la hacemos entre todos. Y no tiene alternativas. De modo que vayamos a votar. No hay otro camino ni existen atajos.

La democracia española se enfrenta a muy graves problemas: el terrorismo y la corrupción social y política en sus más variadas formas la amenazan. Es evidente que no podemos fingir que somos un país democrático modelo y que hemos sabido llevar a cabo los ideales sociales y políticos que nos alumbraron hace treinta años, en los tiempos de la transición. Pero la solución a nuestros déficits democráticos nunca estará en abstenerse, en inhibirse; la solución pasará siempre por participar, por votar, porque, entre otras cosas, únicamente haciéndolo así podremos, cuando sea necesario, exigir responsabilidades y pedir cuentas de acuerdo con la Constitución y las leyes. La democracia -con sus innumerables imperfecciones y disfunciones- no es sustituible, y sus problemas pueden -y deben- ser resueltos en su seno.

Al votar, tenemos que congratularnos por poder disfrutar de un sistema electoral democrático, en el que con nuestro voto los ciudadanos elegimos y legitimamos a nuestros representantes y gobernantes -algo que estuvo vedado a los españoles a lo largo de nuestra historia cercana-; y hemos de tener presente, además, que un sistema electoral como el que hoy utilizamos se caracteriza porque implica la aplicación de unos principios irrenunciables, que devienen en caracteres del sufragio que se produce en su seno y que son aceptados sin excepciones por las normas electorales democráticas. En concreto, la universalidad, la libertad y el secreto del voto. En efecto; en los sistemas políticos democráticos el voto ciudadano, que elige y legitima a sus gobernantes, se caracteriza, entre otras importantes cualidades, por ser universal, libre y secreto. Y la segunda cualidad requiere la tercera, porque la libertad del sufragio, o sea, la orientación libre de su voto por parte de los electores, implica, por supuesto, el secreto.

La abstención electoral es el no ejercicio del derecho de sufragio activo, es decir, consiste en no acudir a votar en un proceso electoral determinado pudiendo hacerlo. En definitiva, se opone a la participación del cuerpo electoral en la toma de decisiones sobre las cuestiones que le atañen. Y son abstencionistas aquellos electores que, estando en pleno uso de ese derecho de sufragio activo, no lo ejercen. Pues bien; la abstención electoral no resuelve absolutamente ninguno de los graves problemas inherentes al funcionamiento de una democracia y, en particular, de una democracia como la española. Quien calla, quien no vota, nada expresa, y, por consiguiente, acepta que los demás decidan por él y tomen las decisiones que afectan a su futuro y al futuro de los suyos. No parece ser una posición razonable ni mucho menos inteligente, incluso a la luz de una perspectiva exclusivamente egoísta.
Tan solo es entendible -y lamentable- la abstención no voluntaria, la abstención forzosa, que podemos denominar “técnica” y que es un componente ineludible en el conjunto de la abstención electoral. Es una abstención forzada por errores censales no detectados y corregidos a tiempo o por circunstancias materiales de diversa índole externas y contrarias a la voluntad del elector. En estos casos el votante hubiera deseado poder votar, y lo hubiese hecho de no haber ocurrido el error, la circunstancia o el imprevisto que lo ha impedido.

Hemos de reconocer que el Estado de Derecho se construyó desde la revolución y la violencia. En los siglos pasados los ciudadanos eran llamados a las armas para luchar por sus derechos. Sin embargo, en la actualidad podemos vanagloriarnos de haber superado esas etapas oscuras y primordiales. Hoy, en nuestras democracias, los ciudadanos somos llamados a las urnas. Porque las urnas son las armas ciudadanas democráticas, deben ser la única horma legítima de las libertades y contribuyen a fabricar la urdimbre de la convivencia. No hay alternativa. El no votar nos perjudica. Sin votos no hay paraíso, aunque sea uno tan modesto como el que ofrece la democracia española. Sin votos no hay democracia. Vayamos a votar.