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ANÁLISIS > LEOPOLDO FERNÁNDEZ CABEZA DE VACA

Un levantamiento ilusionante

   

Se veía venir. Las encuestas del CIS advertían, desde hace meses, incluso desde 2008, el divorcio y la incomprensión que se estaban creando entre los ciudadanos y la clase política y los partidos, hasta el punto de convertir esta percepción en el tercer problema del país, tras el paro y la crisis económica. Casi la cuarta parte de los consultados por el Centro de Investigaciones Sociológicas en su encuesta de abril pasado tenían la  sensación de que los políticos son incapaces de cambiar las cosas y resolver los problemas del país; incluso un 13,3% los consideraba un lastre. Por eso la confianza política ha descendido del 41,3 al 36%, la valoración de la labor del Gobierno del 40,3 al 30,8 y la calificación de los partidos ha caído hasta un paupérrimo 2,88; curiosamente, sólo un 5,2% pensaba que la corrupción y los delitos urbanísticos son un lastre para España. Aun así, habría que remontarse a mediados de los años 90 -en plena eclosión de la crisis económica y los escándalos de Filesa, Cesid, Marey, Amedo, Paesa y otros- para hallar cierto paralelismo en el distanciamiento, desapego, incluso desafección, entre los ciudadanos y sus representantes políticos, si bien en aquella época la corrupción era una de las peores lacras del país para el 33,5% de los españoles.

¿Puede extrañar entonces que, con estos antecedentes, haya nacido ese sueño de libertad, esa contestación juvenil pacífica del 15-M que, aprovechando la plataforma de las redes sociales, ha dado pie a una movilización colectiva que se extiende por más de 60 ciudades españolas y otras tantas del extranjero? En la era de la comunicación instantánea y la globalización, no tiene nada de especial el que este tipo de activismo surja como por ensalmo y trate de organizarse inicialmente de modo asambleario, sin  liderazgos, al no basarse en los marcos y estructuras establecidos. Estas movilizaciones no exentas de simbolismo son la expresión de un grave descontento popular -conviene tener presente que el paro juvenil afecta en España a más del 40% de la población y que la desigualdad, la pobreza y la exclusión social avanzan de manera incontenible- y de un irrefrenable deseo de cambio, además de una reflexión que surge del seno de la propia sociedad, a la que a veces consideramos insensible frente a las lacras y problemas que le acucian. Sin duda, es mejor la protesta sosegada que las veleidosas concentraciones pro botellón y el pasotismo agudo que achacamos a la juventud.

Una sociedad viva y respondona

¿No es acaso saludable y hasta estimulante que desde el sector más joven y contestatario del cuerpo social y bajo la denominación de “Democracia real ya” surjan iniciativas y propuestas acerca de lo que puede ser más conveniente para atajar las mayores dificultades de nuestro tiempo? ¿Es acaso peligroso o delictivo el que estas ideas no se expongan inicialmente por los cauces establecidos de los partidos y sus organizaciones paralelas dada su lógica espontaneidad y frescura, fruto de la precipitación, la ilusión y el deseo de transformación de los órganos dirigentes de la sociedad? Personalmente prefiero que la sociedad esté viva, se mueva y se manifieste, siempre que lo haga pacíficamente, incluso que se muestre politizada en exceso, aunque ni todo es política, ni tampoco es deseable que los políticos traten de ocupar los espacios que la sociedad debe reservarse para sí a través de los movimientos sociales y ciudadanos cuya progresiva implantación y desarrollo debiera culminar con su incorporación al entramado institucional.

Como afirma el sociólogo alemán Klaus Eder, “la evolución social se está acelerando debido a que el aprendizaje social aumenta… Tratamos de cambiar el mundo por medio del aprendizaje cotidiano, del aprendizaje organizacional (por ejemplo, los reformadores de las universidades), por el aprendizaje institucional (inventando nuevas instituciones a través de la acción colectiva organizada y los movimientos sociales) y, aún así, la sociedad evoluciona más bien independientemente de los procesos sociales de aprendizaje”, es decir, éstos no cambian a la sociedad pero le proveen los elementos para cambiarla en su evolución. El también sociólogo Alain Touraine considera por su parte que el conflicto político que plantean los movimientos sociales en el marco democrático “ya no es ajeno o externo al orden social, sino inherente al mismo”. Esto se corresponde con una inédita situación histórica en la que la sociedad es resultado de un complejo conjunto de acciones que ejecuta sobre sí misma, pero “no como el producto de ningún principio metasocial sino -apunta el sociólogo francés- como resultado de los sistemas de acción de distintos actores con distintos intereses pero que comparten las mismas orientaciones culturales”.

Me niego a pensar que estos movimientos juveniles, a los que se han sumado algunas gentes de todas las edades, traten de romper el orden social y político vigentes aunque la actitud minoritaria, utópica, y antisistema de algunos pudiera hacer pensar otra cosa; por el contrario, si se cumplieran los objetivos que han expresado varios de los portavoces de quienes a sí mismos se califican de “indignados”, la regeneración democrática sería muy estimable y siempre sería instada desde dentro del propio sistema, no al margen del mismo o mediante acciones políticas o resistencias cívicas extremistas y radicales que no llegarían a ninguna parte y en todo caso producirían dolorosas reacciones sociales porque tratarían de violentar el orden establecido. Creo por tanto que conviene prestar atención a lo que sucede en las plazas de muchas de nuestras ciudades convertidas en ágoras ejemplares donde estos grupos incontrolados, pese a su pequeñez e irrelevancia aparente, pueden jugar un papel transformador ya que sintonizan con las aspiraciones de una mayoría social y política del país.

Aspiraciones y votos

Se ha dicho que los concentrados carecen de programa y de mensaje, pero sospecho que si en una semana han sido capaces de atraer la atención de todos los medios informativos y de la misma sociedad -y de paso sembrar la inquietud y el desconcierto entre unos partidos políticos anquilosados y divorciados de su entorno-, que en buena parte les anima y les comprende, ha sido por algo más que por la simpatía que la causa que defienden pueda suscitar; ha sido porque muchas de sus propuestas, ratificadas en asambleas autogestionarias, merecen ser incorporadas a los objetivos de todos los partidos políticos. Es cierto que junto a pretensiones razonables algunos de los concentrados han hecho públicas otras absurdas como meter en la cárcel a los banqueros, proclamar la III República, romper ya mismo los acuerdos con la Santa Sede, no pagar la deuda externa, saltarse a la torera las recomendaciones de los organismos internacionales y los mercados, etc. A mi juicio, estas demandas no tienen valor porque no han sido refrendadas por las asambleas sino que son fruto de cierta exaltación o, más simplemente, de voces aisladas y de extrema izquierda, probablemente ácratas o antisistema, que se han colado en las concentraciones, proclamadas apartidistas -no apolíticas, cuidado con la confusión-, aunque en algunos casos sus pretensiones coincidan con las de IU y esta formación haya sido la que más declaraciones ha realizado a favor de los congregados en las plazas públicas y también la que más se ha opuesto a las resoluciones dictadas por las juntas electorales, el Tribunal Supremo y el Constitucional para la jornada de reflexión y el domingo electoral.

Se ha dicho y escrito que este movimiento juvenil recuerda mucho al de los países norteafricanos…

Sí es cierto es que desde las asambleas se han vertido algunas acusaciones contra los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP, y que si hasta hace una semana todas las culpas sobre la adversa coyuntura económica española recaían sobre los socialistas y Zapatero (ahí están las encuestas para atestiguarlo), en los últimos días se han diluido como por ensalmo las responsabilidades que potencialmente podrían atribuirse al jefe del Gobierno y al partido que lo sostiene; ambos han pasado a ser uno más en la lista de políticos y formaciones sometidos a crítica.

No sé en qué medida esta apreciación, lo mismo que la permanencia de los “indignados” en las acampadas a pesar de las resoluciones electorales, judiciales y constitucionales dictadas al efecto, podrán influir en el sentido del voto, pero tengo para mí que, con tan poco tiempo transcurrido, difícilmente propiciarían unos pocos trasvases; por el contrario, una dura intervención policial, una inoportuna orden del Ministerio del Interior o alguna declaración extemporánea sí podrían tener algún peso en el sentido del voto, de ahí la necesidad de actuar de manera “proporcionada”, como ha dicho el ministro Rubalcaba, para no crear un problema mayor que el que se podría resolver de intentar disolver las concentraciones por la fuerza. Aunque las mismas no dejan de ser una anormalidad constatable ya que su permanencia, hoy como ayer, constituye un desafío al Estado de Derecho.

Lo malo y lo mejor

En Canarias este movimiento ciudadano se ha venido desenvolviendo con tónicas similares a las de la Península, si bien ha habido algunas manifestaciones innecesarias  ante diferentes instituciones en las que han sobrado gritos y consignas, lo mismo que descalificaciones generalistas e insultos hacia la clase política. También sobraban las alusiones a votar nulo y a ciertas luchas ciudadanas que fueron ligadas a determinados grupos políticos. Por lo demás, el espíritu de estos muchachos me es perfectamente entendible y lo asumo como propio, en el bien entendido que su descontento es también el mío; pero deben tener en cuenta, para que su rebeldía no se disuelva en sus propias contradicciones y cuajen de verdad sus deseos de regeneración política, que los márgenes de actuación económica son más bien escasos y las grandes líneas de las inevitables políticas de reforma y ajuste -salvo la congelación de pensiones y el combate contra el desempleo- son compartidas por las distintas formaciones porque se trata de defender intereses nacionales con los que todas ellas están de acuerdo.
Se ha dicho y escrito que este movimiento juvenil recuerda mucho al de los países norteafricanos e incluso al de mayo del 68. Con los casos de Egipto y Túnez no tiene absolutamente nada que ver ya que se trata de dictaduras en las que la autocracia y la cleptocracia reinaban a sus anchas y lo que el pueblo desea es pan y libertad. En cuanto al mayo francés, está por ver dónde termina la ‘revolución española’, como la llaman en Estados Unidos.

En Francia las protestas, iniciadas por estudiantes de izquierda, dieron paso a huelgas obreras y a los apoyos del PCF hasta llegar a una huelga general a punto estuvo de cuajar en un frente revolucionario y que un año después acabó con el general De Gaulle y su liderazgo personalista, tras fracasar la política de reformas instada desde El Elíseo y un inquilino que las puso en marcha como si de un plebiscito se tratara. En todo caso, Francia era entonces, como hoy España, una democracia. Y sólo desde la democracia -desde las urnas, para entendernos- se puede superar la indignación y tratar de regenerar el sistema procurando las respuestas adecuadas como réplica a las aspiraciones de esta sociedad. En ese camino, los campistas pueden seguir siendo la punta de lanza de las ilusiones colectivas con su programa de peticiones. Si, como parece, van a continuar concentrados pasada la jornada electoral, de su propio comportamiento colectivo y del carácter de sus propuestas va a depender el que su movimiento se consolide e incluso que se convierta en partido político, si así lo deciden. Y también el que se hagan feliz realidad las ansias de participación por las que están luchando estos días; unas ansias que a mí no me merecen descalificaciones ni descréditos, sino comprensión, complicidad, tolerancia y respeto. Porque en alguna medida están incluidas en esa “democracia real” que ya disfrutamos, aunque al estar en crisis sea conveniente mejorarla y perfeccionarla con la participación de todos.