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Unos resultados electorales endiablados

   

Tenemos los resultados que votamos. Los mismos que nos colocan proporcionalmente a la cabeza de España en votos nulos y en blanco. En eso consiste la democracia. Y con esos resultados en la mano, toca ahora llevar a la práctica el mensaje de las urnas, de tal modo que, salvo en los contadísimos casos de mayoría absoluta, ha llegado el momento de pactar, de llegar a acuerdos, de traducir la voluntad popular a la conformación de ayuntamientos, cabildos y Gobierno autonómico.

Como nuestras normas electorales, salvo en el caso de los cabildos, no determinan en quién debe recaer la cabeza de las distintas instituciones, puede ocurrir que algunos partidos con mayorías acaben como perdedores, tal y como ocurrió con el socialista López Aguilar, quien con 26 diputados no tuvo ninguna posibilidad de tocar poder autonómico. A estas alturas, todo parece posible menos un Gobierno en minoría, pactos en cascada y que Román Rodríguez toque poder, incluido el más que probable intercambio interesado de cromos, que se produce cuando los repartos de puestos se hacen a conveniencia de las partes pasando por encima de intereses superiores o de programas mínimamente coincidentes.

Dice un viejo refrán que quien siembra vientos recoge tempestades y la verdad es que así sucedió con el exministro Juan Fernando López Aguilar, a quien su partido mandó callar hace unos días tan pronto abrió la boca para lanzarse a tumba abierta contra un eventual acuerdo de Gobierno CC-PSOE. A José Manuel Soria le va a pasar, salvo milagro de última hora, tres cuartos de lo mismo, aunque su dialéctica no ha sido nunca tan demoledora, malintencionada y radical como la que utiliza el ex ministro de Justicia.

Sin embargo, se pasó tres pueblos en campaña electoral -lo mismo que políticos de otros partidos-, sobre todo cuando autorizó la colocación de una valla publicitaria que descalificaba al presidente Rivero y a CC por sus acuerdos en Madrid con Zapatero. Se trata de una martingala que quedó al descubierto tan pronto la Justicia, tras la inevitable denuncia nacionalista, obligó al PP a responsabilizarse de la publicidad. ¿Era realmente necesaria una maniobra tan perversa? ¿De verdad creen Soria y compañía que buscando con estas artimañas el descrédito de su adversario electoral van a lograr mayor cosecha de votos y, sobre todo, favorecer el entendimiento con CC tras las elecciones?

Hacia un gran pacto autonómico

Me niego a considerar la lucha política como una batalla sucia y rastrera en la que todo vale con tal de dejar al rival -más bien habría que hablar de enemigo, vistas las circunstancias- a los pies de los caballos. Como actividad nobilísima, la política ofrece a todos, Gobierno y oposición, la posibilidad de encontrarse, de convivir, de buscar puntos de coincidencia en beneficio de los ciudadanos. La elegancia, la caballerosidad, el respeto, todas esas actitudes que engrandecen las relaciones humanas, deberían formar parte del paisaje político, también en campaña electoral.

Sin perjuicio de refutar y rebatir las propuestas de los adversarios, el fair play y la búsqueda de consensos básicos, sobre todo en los grandes asuntos, tienen que guiar el quehacer de los representantes populares, más aún en un territorio tan lleno de complejidad como el canario, donde cada isla es un mundo y cada pueblo un universo de singularidades y sentimientos.

Con el endiablado resultado de las urnas, hacen falta mucha imaginación y buen tino político para lograr ese gran pacto autonómico que, por una parte, de estabilidad al Gobierno, y por otra, simultáneamente, recoja los principales intereses y aspiraciones de los ciudadanos para, si fuera posible, extenderlo luego al mayor número posible de cabildos y ayuntamientos. Cuando menos, hace falta un Ejecutivo fuerte y cohesionado que ponga en marcha unas políticas regionales pactadas que no se queden en el cortoplacismo oportunista, sino que alcancen a toda la legislatura, para ir desarrollándolas puntualmente.

Por lo visto en la pasada legislatura, las coincidencias entre nacionalistas y socialistas, que parecen llamados a gobernar la comunidad autónoma, son más bien escasas. Basta hacer memoria o echar un vistazo a las intervenciones de unos y otros en el Parlamento autonómico y fuera de él para constatar lo alejadas que están las posturas de ambos en temas cruciales para Canarias como el Estatuto de Autonomía, el sistema electoral, la reforma del REF, las políticas educativa, sanitaria, urbanística, informativa, energética, policial autonómica, etcétera.

Ni siquiera fueron capaces de llegar a acuerdos para renovar los órganos dirigentes de instituciones como el Diputado del Común, la Audiencia de Cuentas, el Consejo Consultivo o el consejo de administración de la Radiotelevisión Autonómica. En estas condiciones no parece fácil la preparación de un programa común, que en cambio sí estaría muy al alcance de nacionalistas y populares, ya que han gobernado juntos durante varias legislaturas.

Es cierto que Coalición Canaria ha venido apoyando las políticas del Gobierno de Zapatero, al que en estos momentos incluso sostiene junto con el PNV, aunque está por ver la disposición de los nacionalistas vascos una vez que se cierren los pactos locales en Euskadi. Pero ese apoyo no quiere decir que CC comparta las políticas socialistas, como Ana Oramas y José Luis Perestelo se han encargado de dejar claro en distintas ocasiones; lo que a CC le interesa es sacar tajada para las Islas, de ahí su seguidismo zapateril.

Apunte este dato porque las políticas económicas de CC y PSOE tampoco coinciden ni presumiblemente van a sintonizar a partir de ahora en Canarias, salvo en tres o cuatro puntos básicos, lo que añade dificultades objetivas a la elaboración de las líneas programáticas del próximo Gobierno autonómico.

El escenario de grave crisis económica constituye un elemento añadido que sin duda dificultará la fijación de algunos objetivos locales y regionales por la imperiosa necesidad de seguir con el control del gasto público y los correspondientes ajustes inversores en todas las instituciones. Con todo, doy por sentado que en los grandes objetivos -reforma estatutaria, electoral y del REF en Madrid y Bruselas, revisión del Pecan, fijación de un nuevo modelo político administrativo que ponga racionalidad y austeridad en la gestión de los asuntos públicos, reforma administrativa en profundidad y a todos los niveles, un plan urgente contra la pobreza y la exclusión social, etc.- la coincidencia tendrá que ser casi total, e incluso debería alcanzar luego al PP, para que no se repita la historia de la legislatura anterior en que un grupo político importante (en ese caso fue el PSOE) quede fuera de todos los consensos relevantes.
No porque lo digan los indignados reunidos en distintas plazas españolas, sino porque constituye una aspiración de la ciudadanía en general, el acuerdo de Gobierno CC-PSOE (lo mismo diría para CC-PP y para PSOE-PP) debería incluir en su programa un apartado sobre regeneración democrática que empiece por la apertura de nuevos cauces de participación abiertos a la sociedad para el mejor control de ésta sobre el Gobierno y las instituciones, pase luego por la aplicación de políticas basadas en normas de transparencia, austeridad, honradez y eficiencia, siga con la práctica de una moral pública que facilite la lucha contra la corrupción, el sectarismo y el fraude en todos los organismos de la comunidad autónoma y, por último, concluya con el compromiso expreso de defender y respetar las libertades y los derechos que asisten a los ciudadanos.

Incorporando ejemplaridad, sentido común y honradez como guía rectora para las autoridades que salgan de las recientes elecciones, seguro que el cuerpo social reaccionará ante el inmediato futuro. Y si los nuevos liderazgos incorporan algunas de las mejores cabezas de la comunidad para gestionar los asuntos públicos, miel sobre hojuelas porque así se podrá acabar con un exceso de intereses partidarios que normalmente anteponen la filiación ideológica a las conveniencias generales. La democracia vertebra mejor el espacio público cuando tiene a su lado a intelectuales y profesionales de reconocida cualificación, conciencia cívica e ilusión creativa en contraposición a los amiguismos, parasitismos y partidismos ideológicos de toda suerte y condición.

No estoy seguro de que esta generosidad se vaya a trasladar a los pactos de cabildos y ayuntamientos porque me temo que algunos de ellos se van a firmar simplemente por afán de poder en ese reparto de cromos tan nefasto, más aún cuando no lo desean las bases de los partidos.

En Tenerife y La Palma principalmente, no son pocos los militantes socialistas que prefieren, ahora que llega la alternancia, un acuerdo con el PP, ya que para ambas formaciones estatales el adversario común durante muchos años, por la centralidad que ha jugado en la comunidad autónoma y por el tiempo que ininterrumpidamente viene ocupando el poder, es el nacionalismo, que además les ha hecho objeto de algunas vejaciones y ninguneos difícilmente olvidables. Y como la ocasión la pintan calva, en caso de entendimiento podrían echar a los nacionalistas de CC prácticamente de las instituciones más relevantes de Canarias. Me imagino que para algunos la tentación debe ser irresistible, pero sospecho que al final, a menos que surja una conjura que deje sin salida a José Miguel Pérez, en la mayoría de los ayuntamientos y cabildos acabará por firmarse el acuerdo que persigue Coalición y desea Ferraz.

La Palma y otras dificultades

Con esto no quiero decir que no surjan pactos aquí y allá, como en Santiago del Teide y San Juan de la Rambla, donde socialistas y populares puedan entenderse en detrimento de CC -ya se sabe, las cosas de los pueblos y los inevitables enfrentamientos personales-; pero lo normal será la disciplina y la aplicación del ordeno y mando, también en La Palma, donde las cosas están más complicadas y Antonio Castro deberá realizar malabarismos para amarrar el poder insular y municipal, sobre todo en Santa Cruz y Los Llanos (¡con lo fácil, dicen algunos palmeros, que sería un pacto con el PP para salvar todos los muebles!).

En cuanto a los cabildos y al Ayuntamiento lagunero, nadie debería negar el gobierno a las listas muy mayoritarias de Bravo de Laguna, Melchior y Clavijo, pero el color de los pactos -y de las indisciplinas, como la anunciada del CCN en Gran Canaria- dirá la última palabra.

De momento, en Tenerife, Lanzarote, La Palma y El Hierro los socialistas quieren pactos con los populares. Y aunque el PSOE federal no los autoriza, los órganos regionales del partido dirán mañana su última palabra y seguramente autorizarán algunas excepciones. Esa instrucción madrileña de no pactar nunca con el PP y, llegado el caso, dejar que las mayorías minoritarias de CC salgan adelante con la abstención socialista no está muy clara, ni permitiría soluciones en todos los casos. El Ayuntamiento de Santa Cruz es un ejemplo de libro, en el que sin embargo, pese a ser una de las joyas históricas del nacionalismo, la alcaldía puede prestarse al trueque por un voto en favor de Julio Pérez, en el caso de que Carolina Darias no consiga el Cabildo grancanario o los nacionalistas se vean obligados a entregar la corporación chicharrera por causas de fuerza mayor.

Es muy probable que el Día de Canarias acabe por cerrar los principales acuerdos (comunidad autónoma, cabildos y casi todos los ayuntamientos), que deberían durar toda la legislatura para que no se repita el apuñalamiento que sufrió Saavedra, vía moción de censura, en el 93, a manos de su entonces principal socio y vicepresidente, Manuel Hermoso. Esa es la espada de Damocles que temen algunos socialistas si en las elecciones generales gana el PP y los votos de CC son necesarios para aupar a los populares al Gobierno. Y aunque no sean necesarios, porque si pasa lo que hoy día parece que puede a pasar, ¿es consciente CC de lo poquito que podría lograr en Madrid tras sus alianzas con el zapaterismo terminal? ¿Va a apoyar en el Congreso las nuevas medidas de ajuste que se dan por inevitables en todos los círculos económicos? ¿No teme que su propio electorado le pase factura en los próximos comicios generales?