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EN LA FRONTERA > POR JAIME RODRÍGUEZ-ARANA*

16,4%

   

Tras la crisis, los sindicatos han perdido, según datos oficiales, medio millón de afiliados. En la actualidad, el 16,4% de la población activa está afiliado a un sindicato. Reciben de las arcas públicas, al menos en 2010, 20,13 millones de euros y actúan en la vida laboral como si fueran realmente los depositarios de las auténticas reclamaciones y aspiraciones de todos los trabajadores.

Sin embargo, como todos sabemos pero no todos nos atrevemos a decir, nada más lejos de la realidad. La crisis financiera y económica ha pasado factura, y de qué manera, a unos sindicatos que, en términos generales, se han burocratizado y se han dedicado, con más o menos intensidad, a defender el statu quo protagonizando un clamoroso silencio que sólo se comprende en función de la subvenciones oficiales que les permiten mantener esa posición.

La financiación de sindicatos, organizaciones empresariales y partidos políticos es una de las cuestiones que debe entrar en la agenda de cambios y transformaciones que necesita nuestro sistema político, social y económico.

La cifra de afiliación refleja el grado de aceptación que tienen los sindicatos

No puede ser, menos en un momento de aguda crisis, que sean los fondos de todos los que financien la actividad de organizaciones que bien podrían funcionar con las aportaciones de los asociados a estas instituciones de interés general. Al menos si se da mayor preeminencia a las cuotas de los afiliados y se reducen las subvenciones públicas, probablemente el régimen de funcionamiento de estos entes sociales sea más austero, más razonable y más libre.

La crisis de los sindicatos, con la desbandada de la afiliación desde que empezó esta coyuntura, acentúa su papel de defensores de los derechos de los trabajadores. Si dependen económicamente del gobierno de turno, su libertad de actuación será limitada.

Por eso, ha sido tan clamorosa su posición de tibieza mientras millones de españoles han visto reducido su sueldo. No digamos la escasa contundencia de sus reclamaciones mientras se congelaban las pensiones. Unas pensiones que, además de petrificarse, evolucionarán a la baja en los próximos años.En este momento, la afiliación a los sindicatos es del 16,45 % de la población activa, según datos oficiales. Una cifra que refleja el grado de aceptación que tienen los sindicatos entre los trabajadores.

Con el 15-M y el 22-M se ha denunciado que las cosas no pueden seguir como están

Sin embargo, las centrales sindicales, como si nada hubiera pasado, siguen arrogándose la representación de los trabajadores y disponen, con ese margen de afiliación, de un peso y un poder de decisión que contrasta con el prestigio alcanzado en estos tiempos.

Por otra parte, los partidos políticos también debieran reflexionar acerca del papel que juegan en la realidad. El 15-M, con todos los peros que se quiera, al menos a juzgar por la evolución que va tomado últimamente el movimiento, ha puesto el dedo en la llaga del principal problema de la vida política española. Por una parte, los partidos no tienen, ni mucho menos, el monopolio de la representación política. Y por otra, deben abrirse a la participación real tomando medidas para fomentar la democracia interna e impidiendo que las cúpulas dominen las estructuras como si de instituciones de dominación se tratara.

En las últimas elecciones locales, la abstención, el voto blanco y el nulo sumaron más apoyos prácticamente que el principal ganador. Todavía, pues, hay mucha gente que, por diversas razones, critica, no sin razón, el funcionamiento del sistema. Un sistema en el que el gobierno es del pueblo, para el pueblo y por el pueblo.

Sin embargo, al realidad que todos conocemos es bien distinta. Gobiernan unas minorías para sus intereses y para conservar su posición.

En el mundo sindical pasa tres cuartos de lo mismo y la gente, es lógico, empieza a cansarse. Un cansancio y una fatiga que irán en aumento si no se inician las reformas y transformaciones necesarias.

El 15-M y el 22-M han concitado la indignación del pueblo. Probablemente por causas distintas. Pero, en ambos casos, denunciando que las cosas no pueden seguir como están.

Pregunta, y final del artículo: ¿podrán impulsar tales cambios dirigentes que llevan varias décadas sentados en las poltronas, prácticamente sin conocer otra forma distinta de ganarse la vida?

*Catedrático de Derecho Administrativo
jra@udc.es