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24 años de desayuno inglés

   
Alberto Martín

Alberto Martín trabaja en el Charly y lleva casi toda su vida como camarero. / DA

NICOLÁS DORTA | Arona

Desde 1987, hace 24 años, el bar-restaurante Charly lleva sirviendo desayunos, almuerzos y cenas a los turistas (el 95% de su clientela) en la zona de Jardines de Sur (Los Cristianos), en una amplia esquina de la avenida Juan Carlos I.

Huevos, beicon, judías y sandwiches por la mañana y platos de comida internacional acompañados de música en vivo por la noche son suficientes para mantener un negocio, una fórmula y un estilo de restauración que sobrevive haciendo frente a los achaques de la economía y a los avatares del turismo. En muchos rincones de la zona turística este tipo de bares cuelgan sus carteles ofreciendo los “preciados” desayunos y otros menús. El residente diría que es “el típico bar de guiris”, pero es el que ha marcado una manera de trabajar y una estética desde que el turismo tomó forma.

El camarero es una de las cabezas visibles del sector de la restauración. Es un oficio duro, una forma de vida que da trabajo a muchos sureños. Es el caso de Alberto Martín, camarero “de toda la vida”, dice, y camarero del Charly.

Lleva 26 años cogiendo comandas y confiesa que ya le costaría ser otra cosa en la vida. “Cuando cojo vacaciones estoy un par de días descansando pero luego me acuerdo del trabajo, y me dan ganas de volver”, asume. Esa es su “adicción”, con la que se ha hecho a sí mismo, y de la que ha aprendido muchas cosas, más buenas que malas.

“Nosotros, los camareros de restaurante estamos de cara al público de la calle, es diferente que trabajar en un hotel, donde tienes dos días libres a la semana y trabajas ocho horas. Nosotros hacemos diez, once, y libramos un día”, explica Alberto, mientras toma la comanda a dos clientes belgas que piden un vino rosado y un sandwich. “Somos a veces hasta psicólogos, por el contacto que tenemos con el cliente, que quiere que les atienda uno u otro camarero porque le has caído bien”, añade.

Alberto habla “casi como el español” un inglés pulido con el tiempo. “De palabra, escrito no se me da muy bien”. No ha estado en Londres sino en la Península y alguna escapada al Caribe. Por tanto, el inglés que sabe, junto a los cuatro idiomas que conoce “palabras sueltas” son fruto de su oído. “Todo es escuchar y se te van quedando las expresiones”, matiza.

Por la mañana vienen a desayunar algunos clientes, muchos menos que antes, cuando el “boom turístico” co-paba bares y cafeterías de extranjeros que se dejaban el dinero. Era el final de los ochenta y noventa. Ahora es el domingo cuando se sirven más desayunos. Abre a pocos metros del Charly el mercadillo donde acuden turistas y eso hay que aprovecharlo. “Antes de la crisis vendíamos unos 150 desayunos cada mañana de domingo, pero la cosa ha bajado bastante”, se lamenta Alberto.

Este camarero de 46 años cuenta que cuando estaba la peseta “las cosas eran diferentes”. “Obteníamos unas buenas propinas”, indica. La libra valía mucho más al cambio pero el euro ha elevado los precios en general. “Para muchos clientes la bebida es cara ya aquí, ahora le parece excesivo un combinado a cinco euros, antes en cambio Tenerife era muy barato”, co-menta Alberto. Los desayunos siguen estando a la altura.

El Charly no cambia. Prácticamente mantiene la misma decoración aunque se ha sometido a reformas. Hay varias cartas para ofrecer un surtido menú de bocadillos, ensaladas, desayunos y platos combinados. Luego hay otra, más elaborada donde elegir la cena o el almuerzo: pescado, carne, pasta, postres y vinos. En la parte central hay una pequeña tarima que ocupará el músico cuando empiece a caer la tarde. Han pasado muchísimos intérpretes por aquí. Tocan canciones que conocen bien los clientes. Normalmente actúan solos o a dúo. Se trata de entretener, más que de de mostrar.

En el Charly trabajan nueve personas entre camareros y la cocina. Alberto Martín lleva once años en la empresa. Ha conocido bastante gente de diversos países. “Lo peor es que el cliente se sienta mal atendido, y lo mejor es el trato que tenemos con ellos”, confiesa. Este profesional dice que el servicio “es lo más importante”, aunque reconoce que su oficio “es muy sacrificado”.

“Este es un bar familiar, con clientes que repiten cuando regresan de vacaciones a Tenerife”, dice. Entran dos personas más al bar. Alberto debe tomar otra comanda, como lleva haciendo tantos años.