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FAUNA URBANA > POR LUIS ALEMANY

Afirmarse negando

   

Me comenta un amigo, que -al parecer- lee mis columnas (dos especies zoológicas en vías de extinción: el lector y el amigo) que del texto que aquí publiqué el domingo pasado parecía desprenderse una desproporcionada agresividad hacia el movimiento de los indignados de la plaza de la Candelaria, al exigirles allí la necesidad de planteamientos positivos, descalificando -con ello- la validez de la simple negativa indiscriminada del sistema democrático vigente; y que incluso resulta un tanto contradictorio con respecto a una columna anterior, en la que parecía mostrarme solidario con tal movimiento; si bien -le respondí- en ese mismo texto previo se advertía de que inevitablemente pagarían un precio muy caro por esa transgresión (como ha ocurrido ya), porque el establecimiento (traducción libre del stablishment inglés, que suele hacer sardónicamente otro amigo mío) pasa factura siempre; ya que los pueriles planteamientos (?) de estos indignados fueron -desde el momento de asumirlos- tan sólo testimoniales, y estaban condenados al fracaso de no obtener lo que nunca pretendieron de verdad; de la misma manera que -en mayo de 1968- Daniel Cohn Bendit sabía que no se podía luchar contra el capitalismo, por mucha imaginación que pretenda enfrentarse a su poder.

En cualquiera de los casos, no puede uno por menos de desconfiar de un movimiento social que se sustenta en una negativa rotunda hacia algo, sin proponer una afirmación de mediana coherencia; de tal manera que cuando alguien escurre -en una conversación- el bulto ideológico, definiéndose como antidictatorial, no puede uno por menos de desconfiar de él, porque muy escasas convicciones debe poseer quien sólo existe en función de oponerse a algo, que -en consecuencia- se convierte en indiscutible protagonista -desde la denostación- de su endeble ideología.

En el año 1936 (lo ha comentado uno en otras ocasiones) se celebró en Barcelona un Congreso de Intelectuales Antifascistas, que (en última -¿o primera?- instancia) condicionaba a todos sus participantes, en función de un rechazo común, sin proponer la alternativa de la adscripción a una ideología, o a varias; porque -sigue pensando uno- quien sólo existe en función de su enemigo carece de entidad propia; de la misma manera que el ateo, al igual que los cardenales, sólo existe en función de Dios: aquéllos utilizándolo, éste negándolo; de tal manera que uno siente el deseo de preguntarle a estos asépticos antis: “De acuerdo, usted se declara en contra de algo, pero dígame a favor de quién está, para saber -por lo menos- con quién me estoy jugando los cuartos”.