X
NOMBRE Y APELLIDO > POR LUIS ORTEGA

Angelo Roncalli

   

Aquel miércoles de junio, cuando se conoció su óbito, los romanos ocuparon la plaza de San Pedro y expresaron un duelo reverente en honor de Il Papa Buono. Campesino de la Lombardía, entre el 28 de octubre de 1958 y el 3 de junio de 1963, llevó el timón de la iglesia con la sensatez y cercanía de un cura de pueblo. Su elección como sucesor de Pío XII fue la primera sorpresa -la élite de la curia y los periodistas advirtieron su avanzada edad y su bajo perfil- y, cuarenta y ocho años después, la sorpresa ilustra su recuerdo, por el calado teológico y el compromiso de sus encíclicas -ocho en total y dos de relieve capital, Mater et Magistra, 1961, y Pacen in Terris- y por la decisión con la que asumió los retos de una institución necesitada de una actualización para dar respuestas de esperanza a la sociedad dividida y castigada por la Guerra Fría, otro enfrentamiento que separaba aún más a los ricos de los pobres, a los fuertes de los débiles.

Sin vanidad, con la naturalidad con la que asumía sus defectos y la indulgencia con la que miraba los ajenos, se erigió como árbitro de buena voluntad en distintos conflictos, practicó con inteligencia y diálogo la asignatura pendiente del ecumenismo, y reconoció, ante los alumnos a los que enseñó Historia de la Iglesia, Apologética y Patrística y los miembros del Colegio Cardenalicio, que era más necesaria la piedad que la sabiduría. Ordenado sacerdote en 1904, fue secretario de monseñor Tedeschi, obispo de Bérgamo y ejerció como legado apostólico en la Europa arruinada, ocupó la nunciatura de París y en 1952 fue nombrado patriarca de Venecia. Acaso por su fisonomía bondadosa y por su sencillez, nadie -salvo el culto Pacelli- le concedió el favor de una inteligencia notable y de una voluntad extraordinaria. Con esas virtudes, Juan XXIII afrontó el empeño titánico de convocar el Concilio Vaticano II, que pretendía “elaborar una nueva teología de los misterios de Cristo y de todos los aspectos de la sociedad y la cultura de un mundo nuevo y con el horizonte de toda la humanidad”. A su maltratado sucesor, Pablo VI, le tocó completar las tareas, porque enfermo de cáncer y murió ocho meses después. Beatificado en el 2000, Juan Pablo II le fijó como su fecha festiva el 11 de septiembre, día de apertura de las sesiones conciliares y reivindicado con cierta tardanza. Su cuerpo pasó de la cripta a la capilla de San Gregorio en una urna de cristal. Cuantas veces he visitado la Basílica vaticana desde entonces, he visto numerosos fieles que le rinden culto y agradecida memoria.