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NOMBRE Y APELLIDO > POR LUIS ORTEGA

Aurelio Feliciano

   

Con los datos alarmantes de la memoria de 2010 -más de treinta y dos mil personas atendidas por su extrema pobreza- y la delicadeza del obispo Bernardo Álvarez, Leonardo Ruiz y José María Rivero, director y subdirector de Cáritas de Tenerife, de no citar el origen de los asistidos, abro el correo y, entre publicidad y comunicaciones interesadas, descubro soflamas xenófobas que abochornan a quien las lee. Esa indecencia da rentas electorales, como vimos en una ciudad catalana, cuyo alcalde debe comparecer ante un juzgado por esa causa y lo hará, si se tercia, con el bastón de mando otorgado por voluntad de sus conciudadanos. Miro hacia otro lado, éste donde estamos, y descubro, en un e-mail amistoso un apunte de esperanza, un Plan Local de Inmigración que, con contundencia y sensatez, defiende Aurelio Feliciano Sosa, delegado episcopal en la institución. “Tenemos que asumir con normalidad ese fenómeno histórico, porque las personas tienen derecho a mejorar su vida y lo pueden hacer, tanto con la emigración, como si se quedan en su país natal. Los emigrantes nos traen parte de su cultura que suman a la nuestra y eso nos enriquece”. ¿Acaso alguien lo duda? Y, si así fuera, que recuerde que, acuciados por la miseria y falta de oportunidades, nuestros abuelos y nuestros padres se desperdigaron por destinos de América y Europa.

“Los santacruceros muestran la capacidad de convivencia a partir del respeto mutuo y de la aceptación de otras costumbres, porque es posible hallar valores comunes en todas las ideologías, sin que importen la procedencia de las personas”. A todas estas, el párroco de la Cruz del Señor, habla de la solidaridad como un activo moral de cristianos y laicos, “pero que no se puede quedar en el plano sentimental sino que, a través de este valor, se tiene que promocionar y llegar a la justicia”. Reconoce que, “en la actual coyuntura económica, alguna gente rechaza al inmigrante porque piensa que le va a quitar el trabajo y el pan diario”. Habría que recordar la contribución de la población foránea en el septenio de las vacas gordas y que, ahora, a muchos de kilómetros de su tierra, integran también el victimario de la crisis financiera y sufren y se indignan con la misma razón que nosotros. En el fondo, Aurelio dice en alta voz lo que muchos piensan y callan, entiende la fe como un compromiso más profundo que el mero cumplimiento de los preceptos, revitaliza el mensaje de amor y entrega al prójimo que predicó Jesús de Nazareth y lo recuerda como el principal desafío en un mundo inevitablemente globalizado.