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POR ALFONSO GONZÁLEZ JEREZ >

Ayuntamientos

   

Es obligado y elemental pedir explicaciones -y exigir responsabilidades- sobre la carga policial que el pasado sábado, frente al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, dejó como saldo varios contusionados. Más allá de una torpe gestión de la seguridad en un espacio público late en el fondo de estos comportamientos policiales -que se han repetido vergonzosamente en varias ciudades españolas- una lógica cuarentañista que llevan cincelada en los genes: empujando y aporreando a los manifestantes no solo los disuelves en ese momento, sino que siembras una lección de terror ejemplarizante para que se difunda y cale. Esta pedagogía del miedo, cuartelera y estúpida, es perfectamente inútil, pero lo repiten una y otra vez, porque no saben hacer otra cosa. Por lo visto, los activistas del 15-M tampoco saben hacer otra cosa que manifestarse, gritar consignas literariamente estupendas y afearles la conducta a los políticos, a todos los políticos, a cualquiera que sea lo suficientemente artero y villano como para dedicarse a la política y ser elegido en un proceso democráticamente imperfecto, pero que se describe sin más como una farsa para solaz del espíritu contestatario. En Santa Cruz los acampados en la plaza de La Candelaria han decidido seguir ahí, hablando de sus cosas -que, no lo dudo, son las nuestras- y twiteando furiosamente con compañeros de la Península. Dicen que van a ir a los barrios, pero por ahí no han asomado la cabeza. El trabajo político requiere organización, asociacionismo, análisis consensuados y técnicas para enfrentarse a problemas específicas que se desarrollan en contextos concretos. La única forma de manifestarse no es ni puede ser la manifestación.

La más antológica de las tomas de posesión es la vivida el pasado sábado en el Ayuntamiento de Telde. Una señora que debió dimitir hace unos años por un escándalo de corrupción y que está imputada por un delito de malversación y cohecho resultó elegida alcaldesa gracias a los votos de PP, Coalición Canaria y Ciuca. Los máximos responsables del pútrido, maloliente y pringoso caso Faycán han vuelto al ayuntamiento teldense gracias a los votos coalicioneros. Mari Carmen Castellano lloraba, reía, se abrazaba a sus compañeros, como si en lugar de una responsabilidad cívica le hubiera tocado la lotería. Después se acercó a una ermita para dejarle el bastón de mando a Santa Rita, una práctica más propia de un municipio hotentote que de un Estado aconfesional. Pero es que cree que es suyo el bastón. Todo suyo. Solamente suyo. Y de los hermanos Reyes.