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> POR FRANCISCO SUÁREZ TRENOR

Bruno

   

Bruno era un hermoso ejemplar de perro labrador que sin causa aparente un día empezó a engordar y a respirar cada vez con mayor dificultad y con el paso del tiempo terminó por quedarse ciego, además de sufrir la presencia casi permanente de un par de llagas en sus patas, unas llagas que mejoraban, o empeoraban, por temporadas. Algo había fallado en su organismo y ese fallo le había condenado a vivir en la oscuridad y a ser abandonado por sus primitivos dueños y a ser acogido en una perrera donde sobrevivía a pesar de los golpes que se daba contra muebles y vallas y de alguna que otra mordida de sus compañeros de prisión, que no entendían su forma de comportarse.

Pero a pesar de todo, Bruno fue un perro con suerte, con mucha suerte. Un día como otros tantos dormitaba en la perrera sin imaginarse que aquella tarde cambiaría definitivamente su destino. Y es que una joven pareja, Peggy y Javi, habían ido a adoptar un perro que hiciera compañía a Thyson, un no menos hermoso perdiguero negro, también adoptado, que vivía con ellos desde hacía tiempo. Y en lugar de salir con un perro bonito y sano, que los había, lo hicieron con Bruno, su oscuridad y sus enfermedades. Algo, posiblemente la actitud del propio perro, les había ablandado el corazón. Y desde aquel día Bruno comenzó a recibir cariño y tuvo que hacer esfuerzos, grandes esfuerzos, para comprender la nueva sensación y para sentirse seguro en la compañía de sus nuevos dueños y ante las travesuras de Thyson, que era un perro joven, más cercano a cachorro que a adulto, y por lo tanto con ganas de jugar y que posiblemente tampoco entendía la actitud cansina de su nuevo compañero.

Y Bruno, con el paso del tiempo, comenzó a devolver lo que recibía: cariño, mucho cariño. Eso sí, con algún gruñido de por medio, que también él tenía su carácter y éste hay que mostrarlo para que le dejen a uno ocupar el espacio que le corresponde. Y se hizo un miembro más de la familia. Y daba gusto verlo dormido a los pies de sus dueños o paseando por el jardín de su casa con su expresión borgiana (siempre me recordó a Borges, nunca a Stevie Wonder) y los pasos cautelosos de quien no sabe con qué obstáculo se puede a encontrar.

Lo que no pudo hacer nunca el amigo Bruno fue contemplar el grandioso espectáculo que algunos días del año se puede contemplar desde su casa: la imagen de un Teide nevado al fondo de la vega lagunera y de la ciudad de los adelantados. Aunque es posible, yo estoy casi seguro, que fuera capaz, en esos días azules y frescos que nos regala la naturaleza de vez en cuando, de imaginarse, al recibir la caricia de los rayos del sol, un paisaje tan grandioso como el que su amigo Thyson o el joven Kansas, un nuevo miembro de la familia, podían observar sin mayores problemas. Y sentir esos ratos de felicidad que nos va regalando la vida de cuando en cuando.

Pero hace unos días, cuando llegó el verano, el calor fue más fuerte para Bruno que para nosotros. Su cuerpo cansado y enfermo no pudo resistirlo y su corazón fue perdiendo fuerzas hasta pararse definitivamente.
Y esta es la historia de Bruno, un perro ciego y enfermo que, aun así, tuvo la suerte de recibir y de disfrutar todo el cariño que puede ser dado por un ser vivo.
flypocan@hotmail.com