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POR QUÉ NO ME CALLO > POR CARMELO RIVERO

Colón y Armstrong

   

Nos hemos caído del guindo, de la guerra de las galaxias (hoy empieza Fimucité) a nuestras guerritas terrícolas -la misma palabra lo dice-, como ésta de Afganistán, tan cara en víctimas, o a ciegas en Libia. “La violencia, aquiétala”, decía Cernuda. Pregunta de extraterrestre: ¿somos gente de paz? Brian May, un respetable astrofísico exguitarrista de Queen, decía esta semana pasada (tocó y habló en el festival Starmus) que dejáramos la puerta del espacio entornada, para que el hombre no habite otros planetas con la misma codicia que éste. Hace meses me dijo el astrobiólogo Jesús Martínez Frías que todas las miradas están puestas en Marte (si la Luna continúa preterida por la Nasa), y los robots ya se probaron en Las Cañadas. Haya o no marcianos (Epicuro decía, “¿y si hay vida en esos planetas?”), merece la pena repensarse la idea de liberar en el cosmos el virus de una raza tan poco recomendable.

Saramago, que era ateo, hizo esta concesión: Dios concentró al hombre en un solo planeta cuando vio que se le fue de las manos. La mesa redonda 108 minutos en el Roque de los Muchachos (astrofísicos, astronautas, premios Nobel en las tripas del Grantecan), homenaje a Gagarin, es una proeza en la Tierra. El astrofísico rockero Garik Israelian, el gagarin de esta misión, trajo a rusos y americanos a confraternizar a la sombra de los observatorios, un lugar pacífico. Los héroes del espacio son como dioses de carne y hueso. Es imposible ver a pocos metros al cosmonauta Alexei Leonov -el primer paseante del espacio, madre mía- y no sentir un vértigo insuperable, o pasar de largo junto a Jim Lovell, el comandante que dijo: “Houston, tenemos un problema”.

Cruzarse en la calle, en Tenerife o La Palma, con Neil Armstrong (mirarle los pies con los que pisó la Luna) es como tropezarse con Colón en La Gomera años después del descubrimiento de América. Ambos hitos se miran en el espejo: Stephen Hawking, al contrario que Brian May, anima a colonizar el espacio una vez depredado este mundo sin remedio. Colón y Armstrong han venido a parar al mismo archipiélago. (Tenemos gentilicios en América, y en la Luna un pico Teide y Montes de Tenerife en el Mare Imbrium, por seguir con esa misma afición onomástica). En un viaje a París en el Concorde, tenía sentado al lado a un científico gomero. Hablamos de la Luna. “Lástima”, le dije, “que no hubiera un gomero en esa misión”. Sonrió: “Sí lo hubo. Yo”. Félix Herrera, físico solar del programa Apollo, habría ido a estrecharles la mano a Aldrin y Armstrong al sur.