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Domingo Pérez Cáceres, el obispo de los pobres

   

El Obispo tinerfeño, don Domingo Pérez Cáceres. | DA

DOMINGO J. JORGE | La Laguna

Si ha habido en la historia de la Diócesis Nivariense, un sacerdote recordado, a pesar de los años pasados, ése es don Domingo Pérez Cáceres (1882-1961).

Quienes le conocieron destacan de entre sus muchas virtudes: su humildad, bondad y generosidad. Fueron muchas sus donaciones a la gente pobre, lo que le valió el apelativo del “obispo de los pobres”, siendo nombrado Hijo Predilecto de Güímar y de la Provincia de Santa Cruz de Tenerife, así como Hijo adoptivo de todos los municipios de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna.

El 10 de noviembre de 1882 nacía Domingo Pérez Cáceres en la Villa de Güímar. Tras estudiar en el Seminario Conciliar de Tenerife, el 21 de septiembre de 1916 recibió, de manos del Obispo Rey Redondo, la dignidad del Sagrado Orden del Presbiterado, ejerciendo durante doce años el cargo de Vicario General de la Diócesis.

Fue Coadjuntor de su parroquia natal, Cura Regente del Salvador de La Matanza, Coadjuntor de la parroquia de la Concepción de Santa Cruz, Párroco propio de la villa de Güímar -tras oposición- y Deán de la Iglesia de La Catedral. El 21 de septiembre de 1947 fue consagrado Obispo de Tenerife.

Como Prelado consiguió importantes mejoras para el Cabildo Catedral, como lograr elevar el número de capitulares a 16. También impulsó la construcción de la Basílica de Candelaria.

Según múltiples fuentes, gustaba de pasear por las calles de La Laguna para saludar y charlar con sus gentes. Era frecuente verlo sentado en la Plaza de Los Bolos hablando con quienes eran habituales en sus bancos, o disfrutar de las tertulias en la casa de don Víctor Núñez. Siempre intentaba conciliar las opiniones contrarias.

Cuando el 21 de septiembre de 1947 don Domingo fue consagrado Obispo de Tenerife, el pueblo se volcó con su presencia en este acto y así lo muestran los tabloides de la época: “Era singular la presencia multitudinaria de todo un pueblo en torno a la canónica unción de su Obispo”.

Al igual sucedió con su fallecimiento y honras fúnebres el 1 de agosto de 1961. Acudiendo a las hemerotecas y crónicas de aquel día: “La gente se agolpaba en las aceras mostrando un inmenso dolor que se hizo, si cabe, más palpable cuando millares de personas, procedentes de los más apartados rincones de nuestra Isla, desfilaron por la capilla ardiente instalada en la Catedral”. Sin duda la figura de don Domingo Pérez Cáceres marcó un gran recuerdo que aún sigue vivo.