X
LA COLUMNA > POR MANUEL IGLESIAS

El ajuste fino del poder local

   

La constitución ayer de los cabildos que faltaban por formarse en Canarias ha mostrado un retrato sin sorpresas en lo ya previsto. Si se exceptúan algunos casos de mal ubicados en algunos ayuntamientos y el ruido mediático disonante al respecto, el resultado final del proceso de acuerdos entre Coalición Canaria y el PSOE enseña una imagen muy cercana a la que se planteaba inmediatamente después de las elecciones e incluso, según los mal pensados, al pacto ya existente.

El PP ha sacado lo que ha podido a base de armar bulla, pero en el balance final apenas ha obtenido un poco más de lo que podía haber logrado por sí, y no con un daño en La Palma que no está claro si han sabido valorar, el que después de sus comportamientos va a ser difícil recuperar la confianza de quien podía haber sido su aliado natural en otras condiciones, que es Coalición Canaria. Los nacionalistas palmeros estaban entre los, inicialmente, más partidarios del pacto con el PP pero este ha sembradoahora agravios que en el futuro cualquiera sabe por dónde les pueden estallar.

Por otro lado, las manifestaciones de este domingo han dado paso a múltiples debates y análisis sobre si ésta responde a la repetición y suma de protestas de grupos que antes se han venido manifestado aisladamente y buscan reivindicar sus aspiraciones de siempre o si, más bien, da cuenta de un fenómeno profundo de descontento latente y ha surgido a propósito de episodios y controversias recientes.

Se suceden estas acciones con un aspecto sorprendente, como es la relativa ausencia de culpabilidad hacia el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que lleva siete años en el poder y debería ser el responsable de no haber resuelto viejos problemas durante ese tiempo, pero esa faceta se diluye -no sé si interesadamente- en una acusación generalizada a la clase política, cuando las responsabilidades, si las hay, porque aquí también existe mucha manipulación, no pueden afectar a todos por igual.

En cualquier caso, lo que sucede debería motivar una reflexión más profunda de parte de quienes ejercen, desde distintos lugares y cargos, la conducción del país, pero además de ver como dan a los manifestantes palmaditas en la espalda y afirmar que “esto no va conmigo, sino que hablan de mi adversario”, el ciudadano neutral encuentra que los análisis suelen ser superficiales o bien, como los juncos, el político de turno se inclina sin resistencia para que pase el viento y volver luego al mismo sitio.

La situación en la calle debería originar un debate, sin conclusiones preconcebidas, sobre un valor fundamental en la esencia de una sociedad en libertad, como es la necesidad de mantener el orden público, y su equilibrio en la libertad de expresión mediante la acción callejera no violenta. De momento lo que se tiene es la imagen de un gobierno que enfrenta en forma tardía los problemas que van surgiendo o que él mismo genera con sus errores.