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LOS IDUS DE MARZO > POR JORGE BETHENCOURT

El invierno de nuestro descontento

   

El tamaño sí importa. Lo sabemos todos. A los vecinos del Chovito les tiraron las casas por no haber convocado la cantidad suficiente de gente como para causar un problema de orden público. Los pibes, pibas e indeterminados que han ocupado las plazas de varias capitales de España han logrado arrancar una frase memorable del ya candidato Pérez Rubalcaba (llamado Alfredo por sus amigos): “La policía está para resolver problemas, no para crearlos”. O lo que es lo mismo, si quieres hacer algo que se salga de la legalidad reúne el suficiente número de personas para que se pueda liar una gorda y no habrá intervención policial, para no crear problemas. O lo que es lo mismo, los problemas están por encima de la legalidad. Porque la ley, al fin y al cabo de esta calle del buen rollo, vienen a ser una conveniencia que se aplica o no se aplica en función de los intereses del poder. Así pasa que un día Arnaldo Otegui es un aliado estratégico al que se manda a buscar en avión privado para que un eficiente fiscal pida su absolución y unos eficientes jueces naturalmente le absuelvan y al día siguiente es un peligroso delincuente metido entre rejas por haber cometido varios delitos de opinión (que la opinión, ya se sabe, es de lo más peligrosa para la sociedad). En medio de ambos estadios tan distintos sólo habita el bombazo de la T4.

En las plazas de España los jóvenes y jóvenas (de nada Bibiana) acampados, han logrado demostrar que pagar tasas por la ocupación de la vía pública o pedir permisos de manifestación son dos requisitos que se aplican según y cómo. Siguiendo el hilo de ese ovillo, la lectura de algunas de sus pancartas “Dadnos empleo” o “Viviendas sin hipoteca” podrían parecer expresiones de unos deseos juveniles cándidamente ignorantes de la realidad. Pero es que si nos vamos a la carta otorgada que presentaron ya cocinada para la votación de todos los españoles (eso que llamamos Constitución del 78) veremos que se asegura que todos los españoles somos iguales ante la ley sin distinción de raza, religión y sexo, que tenemos derecho a expresar libremente nuestras opiniones o que tenemos derecho a una vivienda digna. Son sólo tres ejemplos de principios constitucionales que nos hemos pasado olímpicamente por el arco del triunfo. Y esos preceptos no los escribieron unos jóvenes y jóvenas indignados, sino unos señores (que por consiguiente hicieron una Constitución machista) ya talluditos y bastante tranquilos. Así que o cambiamos la realidad o cambiamos las leyes. O tal vez escojamos el spanish way of life que consiste esencialmente en no hacer ni puñetero caso de las leyes. Tal vez porque, y esa es otra, con la cantidad de leyes que excretamos se hace difícil mantenerse al día en su cumplimiento. Ahora que ya no existe Lorca en el mapa sentimental de esa trituradora que son los medios de comunicación social, ahora que las muertes colaterales causadas por los bombardeos de la OTAN en Libia apenas ocupan unas melancólicas líneas de la sección de internacional, en cuanto terminemos con el coro de lamentaciones por las desgracias del pepino español y antes de que nos sumerjamos en otro efímero acontecimento de comida rápida, tal vez tengamos tiempo para reflexionar sobre la descomposición intestinal de nuestra democracia.

Los acampados son una erupción cutánea de una dolencia mucho más profunda de esta sociedad. No existe ningún rincón de la vida pública en España que no esté corroído por el ácido del descrédito, que no esté cuestionado por la opinión pública, que no esté afectado por el escándalo. Los tribunales de Justicia, desde el Constitucional al Supremo y hasta el último juzgado, han sido puestos en la picota por los propios jueces, criticados ferozmente por los partidos y perjudicados por la militancia política de magistrados que han perdido su apariencia de imparcialidad. Las fiscalías y las policías se han convertido en herramientas del Gobierno exhibiendo una feroz tenacidad en la persecución de algunos presuntos delincuentes y una inexplicable laxitud en la consideración de otros casos, por no hablar de cómo han actuado contra los compañeros de viaje de ETA según estuvieran los terroristas en periodo de tregua o en plena lucha armada. Los partidos políticos despiden el hedor de una cloaca y se arrojan unos a otros acusaciones y descalificaciones que han convertido a todos, a los ojos de los ciudadanos, en un vertedero de excrementos y demagogias. Los bancos, a los que hemos ayudado a pagar sus créditos, si no les pagamos los nuestros se quedan con nuestras casas mientras exhiben con impudicia beneficios multimillonarios en lo más crudo del crudo invierno de la crisis. La Comisión Europea gasta millones de euros cada año en viajes en primera, hoteles de lujo y celebraciones y el Parlamento es un multimillonario galimatías endogámico que no existe para nadie excepto para él mismo. Las comunidades autónomas son un caballo desbocado que sigue derrochando a manos llenas sin que nadie le ponga freno. Y los que defienden el Estado del bienestar hacen todo lo que está en su mano para cargárselo de todas las maneras posibles, porque no se puede sostener algo cuando cuesta más de lo que ingresa, cuando un servicio público es varias veces más caro que si se presta por la empresa privada, cuando se crean en cuatro años de la crisis más de 300.000 empleos en el sector público mientras el cierre de empresas y los despidos se cargan dos millones de puestos de trabajo en el sector privado. Y el Gobierno, los sindicatos y la patronal, porronponpón, por el camino que lleva a Belén, siguen reuniéndose y hablando y cantando villancicos mientras nosotros nos comemos el marrón; digo, el turrón.

Pasan los días, las semanas, los meses… Cada vez nos cuesta más sobrevivir en una economía devastada. El consumo vive una glaciación irremediable. Y las administraciones, que no pagan sus deudas, nos desangran con mayores cargas fiscales y nos acosan con sanciones y embargos. Esa gente que está ahora discutiendo sobre el reparto del poder y que empieza a dar ruedas de prensa con preguntas, porque ya pasó la campaña electoral, no parece tener prisa. Se mueve en otro mundo, por lo visto distinto del nuestro. Un mundo donde no hay urgencias ni se atisba el abismo del fin de mes. Donde esa chica gallega que trabajaba de cajera y ha terminado con su hijo en un centro de acogida y con ella durmiendo a las puertas de albergue, esperando plaza, no existe. Donde los jóvenes que esperan y desesperan por encontrar trabajo, no existen. Donde las familias que no pueden pagar las hipotecas, los colegios de los chicos o un centro donde atender al abuelo, no existen. Porque sólo existen los que hacen ruido, los que amenazan, los que se hacen notar. La discreción de los moribundos no es mediáticamente rentable. El aterrado silencio de los angustiados pesa menos que los gritos de los indignados.

Esa gente, de un partido y del otro, de izquierdas o derechas, de aquí y de allá, todos iguales, como engoladas fotocopias de verbo increíble, es la principal responsable de que este país ya no crea en nada, de que se haya perdido la tolerancia y el respeto, de que pensemos que la prosperidad se puede conseguir sin esfuerzo, de que se haya enterrado la separación de poderes en una apestosa fosa donde yacen amalgamados todos nuestros sueños de libertad.

Esa gente sigue perdiendo el tiempo. Nuestro tiempo. Hablan y discursean intentando ignorar que los sacrificios que nos esperan empiezan por ellos mismos. Por ese gigantesco aparato que han montado y que hemos pagado y ya no podemos pagar. Esa gente que debería representar lo mejor de nosotros y comportarse como los mejores de nosotros y parecen ser y hacer todo lo contrario. Esa gente que hace leyes como si quisieran construir una realidad por decreto (25 proyectos de ley presentados en los últimos seis meses) en tanto que lo que consiguen es complicar la vida real con su verborrea oficial. Toda esa gente constituye la prueba de que los pueblos no tienen los gobiernos que se merecen.

Porque por mucho que hayamos pecado, por mucho que hayamos sido un pueblo irresponsable, pasional y cainita, no nos merecemos esto. Esa gente, como decía el abuelo palmero de Henry, parece que se lava el trasero y se bebe el agua.

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