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POR QUÉ NO ME CALLO > POR CARMELO RIVERO

El pacto

   

La palabra pacto, la más socorrida en las Islas en el ranking mensual, no figura entre las favoritas del español en la última edición del Día E del Instituto Cervantes. Los internautas (ese oráculo omnisciente que encumbramos con beatería entre todos) eligió el sábado el nombre de un estado mexicano, Querétaro (“isla de las salamandras azules” es la más afortunada de sus múltiples definiciones).

Pacto no es comparable a sueño, nominada por el psiquiatra L. R. Marcos, o incluso, libertad, defendida con ahínco literario y político por el Nobel Vargas Llosa, que fue a promocionarla a Pekín, como un jardinero a ver si florece.

Pero en nuestro léxico político local, resulta que pacto, como digo (un pacto para dos millones de canarios), es la palabra de moda y hoy mismo se aloja en un hotel de Santa Cruz en el acto formal de la firma de ese auténtico armisticio entre nacionalistas y socialistas, tras 18 años de escaramuzas, como las interminables guerras feudales. No es palabra que goce de mucho prestigio (aunque éste se fraguó en La Moncloa, su hábitat natural), porque reinterpreta el veredicto de las urnas, pero nadie discutirá que, gracias (otra de las palabras más votadas en la ciberencuesta) a los fluctuantes pactos, ha sido posible conciliar estas Islas, con su antropofagia incorregible.

Uno de los ingenieros (técnico-industriales) más fogueados en pactos en Canarias acaba de bajarse del caballo. Yo lo vi, en el 88, regalar a Olarte, tras la investidura, un naife (o cuchillo canario) de madera para responder a las puñaladas por la espalda, como en las historias de malevos de Borges en los arrabales. La palabra pacto tiene resonancias pendencieras. (La Palma es casus belli para API, que sufrió su 11-J).

A José Saramago le encantaban los canarismos de origen portugués (desde millo, fechillo o gaveta hasta ¡fo!, para decir ¡qué asco!). En el aniversario de la muerte del Nobel de Azinhaga (Portugal), sus cenizas han sido cubiertas con tierra conejera bajo un olivo junto al río Tajo. Lo recuerdo, en una entrevista con Juan Cruz, reivindicando las palabras desacreditadas (robadas, diría Eduardo Galeano), como amor, amistad, beso… En cierta ocasión, me dijo que se consideraba amigo de un fantasma, el de Manrique, que ya había muerto cuando él llegó a Lanzarote a vivir en 1993, aquel año en que los nacionalistas rompieron el jarrón con los socialistas y se pelearon hasta hoy (¿por qué pacto me lleva a jarrón?). Ahora, los dos fantasmas se citan con los jóvenes indignados del 15-M por las calles de arriba abajo.