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Enseñar a enseñar

   

No me parece mala, aunque sí a determinados sectores docentes y sindicales, la idea del vicepresidente del Gobierno y ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, de que los titulados universitarios que quieran dedicarse a la docencia cursen un período de formación pedagógica, como hacen los médicos a través de los conocidos MIR (Médicos Internos Residentes).

No sólo no me parece mala sino, a falta de su desarrollo y concreción, necesaria para dotar a los titulados que salen de nuestras facultades y escuelas universitarias de unos conocimientos y experiencias pedagógicas imprescindibles para desenvolverse con éxito dentro del aula.

Lo que resulta inconcebible es lo de ahora: que unos titulados con muchos o pocos saberes en sus cabezas, con frecuencia memorizados o mal asimilados, se vean de la noche a la mañana frente a treinta estudiantes a los que tienen que transmitirles parte de esos saberes.

Lo dijo hace mucho tiempo Marco Tulio Cicerón: una cosa es saber y otra saber enseñar. Saber algo significa tener conocimiento, convicción y conciencia de ello.

También ser capaz de explicar y convencer a los demás de la veracidad de ese algo. Pero no todo el que sabe tiene capacidad para transmitir su sabiduría.

Un profesor es una persona depositaria de una serie de conocimientos y facultada; además, oficialmente o no, no sólo para transmitirlos con éxito, sino para crear en los alumnos el interés y hasta la pasión por ellos.

Ser profesor, por tanto, no es nada fácil. Se puede saber mucho de una determinada materia y, sin embargo, ser un pésimo profesor de ella.

Por desgracia, hoy en día tenemos muchos ejemplos en nuestras aulas, donde hay demasiados titulados que ejercen la docencia porque la principal salida profesional de sus carreras era y sigue siendo la enseñanza. Y de alguna manera hay que ganarse la vida. La pregunta de si el profesor nace o se hace es vieja. A estas alturas podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que el profesor, como todo creador, nace y se hace todos los días dentro del aula.

Nace porque buena parte de las aptitudes didácticas y pedagógicas son inherentes a las personas, forman parte de su condición natural, y se hace en el ejercicio diario de la docencia, en contacto con sus alumnos y con la utilización y experimentación de recursos metodológicos y técnicas didácticas.

La formación del docente aporta conocimientos y desarrolla sus habilidades innatas para transmitir y despertar en el discente interés por los conocimientos y su aprendizaje.

Si saber enseñar no es fácil, enseñar a hacerlo no resulta menos difícil. Porque enseñar no consiste sólo en lograr que el alumno te entienda lo que le explicas para después memorizarlo y repetirlo a través de un examen o cualquier otra prueba de evaluación.

Enseñar significa, principalmente, despertar en el alumno el placer que produce el aprendizaje, la recepción y la asunción de conocimientos, crear en él el interés por la asignatura que se le explica.

El alumno ideal no es el que más y mejor reproduce en un examen lo explicado y estudiado, sino aquel que es capaz de reflexionar, explicar y aplicar en la vida lo aprendido.

Nuestras universidades no deben limitarse a impartir conocimientos y a titular a alumnos sin ofrecerles una adecuada formación pedagógica a aquellos que pretendan dedicarse a la docencia.

Por eso aplaudo esa iniciativa de Pérez Rubalcaba consistente en formar metodológica y didácticamente a los titulados universitarios antes de facultarlos para ejercer dentro de un aula.

Ahora bien, cabe esperar que, tanto el máster para profesores vigente desde hace un par de años como esta formación tipo MIR que se empieza a poner en marcha, no se conviertan en simples trámites burocráticos y de negocio que tienen que realizar los titulados para poder presentarse a unas oposiciones. Como sucedió con aquel Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP) de infausta memoria.

Ese nuevo sistema de acceso de los titulados universitarios a la enseñanza pública que ya está negociando con los sindicatos el ministro Gabilondo, conducirá, como consecuencia, a la reforma del actual sistema de oposiciones y se supone que afectará no sólo a la enseñanza secundaria, formación profesional y de idiomas, sino también a los niveles de infantil y primaria.

Habrá que confiar, a pesar haber padecido ya tantas reformas educativas fracasadas, en esta nueva remodelación del sistema de formación del profesorado y de su acceso a la docencia.

Al menos ahora parece reconocerse la necesidad de enseñar a enseñar como el más eficaz instrumento para combatir el elevado índice de fracaso escolar que padecemos.