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ENTRE NOSOTROS > JUAN HENRÍQUEZ

Eterna María Rosa Alonso

   

Tu cuerpo se ha volatilizado en el infinito espacio, pero tus valores humanos e intelectuales permanecerán eternos en esta tierra canaria que te vio nacer, tacorontera para más señas. Los vientos alisios se encargarán de expandir tu energía vital por el aire que aspiramos los que siempre te hemos querido, respetado y admirado, militantes anónimos de la senda marcada por tu sapiencia y erudición literarias. Siempre estuve a punto de escribirte mi último artículo de reconocimiento, pero temía que se me escapara algún que otro elogio hacia tu grandeza como mujer temperamental y apasionada, efusiva defensora de aquellas ideas con las que naciste y moriste, aparte de toda una vida dedicada a la enseñanza, escritora de vocación y proselitista activa de la evolución filosófica, política, social y cultural de la humanidad. Y me paro aquí porque en verdad te digo, María Rosa, que hablar o escribir sobre tu persona ni era ni es nada fácil, demasiado riesgo ante tanta sabiduría. Hipócritas y adulones nunca fueron de tu agrado.

Intento recordar el tiempo transcurrido desde aquella vez en que tuve el honor de conocerte en persona. Fue en una especie de conferencia en la que Juan Manuel García Ramos hacía de presentador, y también de mosca cojonera, sobre todo, cuando tú, María Rosa, señalabas o menguabas a la mínima expresión la identidad de los guanches, que a lo mejor no era así, ¡disculpe usted!

Tus palabras retumbaban en aquel Salón Noble -hasta grosero suena- del Cabildo Insular. Pero aparte de la pomposidad del acto, de los que tú huías como gato del agua fría, fuiste desojando toda una vida cargada de vicisitudes e injusticias que sólo una irreductible de tu temple supo resistir. Recordaste, sin que por ello lagrimaran tus ojos, aquella infancia rural en que tan horripilante papel le tenían reservado a la mujer; los años de la universidad, de los que hablaste perdonando a los verdugos que te hicieron la vida imposible porque no te doblegabas a las consignas franquistas; el momento de la emigración a tierras venezolanas; después el aterrizaje en Madrid, que te abrió las puertas al mundo literario en el que te sentías realizada y que te permitió soñar con grandes proyectos que, con el paso del tiempo, llevaste a convertir en obras literarias de obligada referencia para las presentes y futuras generaciones. Y también hablaste de tu decisión de regresar definitivamente a las Islas Canarias, que siempre llevaste ancladas a tu existencia. Venías en busca del reposo a un cuerpo físicamente tocado por los años, a una mente en decadencia, pero, sobre todo, porque querías morir entre los tuyos y en tu tierra bañada por el Atlántico, de la que nunca estuviste ausente. Hasta en esa última decisión fuiste inteligente.

En este humilde homenaje, sobrio y sencillo, quería decirte que aquel día en que te vi y escuché, por primera vez, aparte de la hora más productiva de mi vida, disfruté de la presencia de una gran mujer que respiraba libertad, igualdad, honestidad y perseverancia.

Gracias por tu sello inmortal: ¡María Rosa Alonso!

juanguanche@telefonica.net