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NOMBRE Y APELLIDO > POR LUIS ORTEGA

Giuliano Della Rovere

   

Los visitantes pasmados ante la fuerza del Moisés en San Pietro in Vincoli no saben que, bajo el simplificado monumento que durante cuatro décadas ocupó los sueños de Michelangelo Buonarrotti, descansa uno de los actores más notables y polémicos de la historia católica.

Sobrino de Sixto IV, Giuliano Della Rovere (1443-1513) prestó tanta atención a la política -la defensa y ampliación de los dominios pontificios y el control de la curia- como a la expansión artística y al desafío de continuar las obras de la Basílica Vaticana, promovidas por su tenaz enemigo, Rodrigo Borgia, que, a costa de comprar voluntades de los purpurados, le ganó la partida y se colocó la triple corona a la muerte del misterioso Inocencio VIII.

Ya como Alejandro VI -jamás se recató en practicar los pecados capitales- persiguió con saña al aristócrata romano y éste no le fue a la saga en sus respuestas; durante los once años de pontificado español, Della Rovere conspiró y busco alianzas con las repúblicas italianas para deponerlo y el Sumo Pontífice, a través de sus hijos César y Juan, no paró de organizar atentados fallidos contra su adversario, que, incluso pactó la invasión francesa de Carlos VIII, con la connivencia de los Sforza, “para expulsar al corrupto”, con el premio al monarca galo del codiciado Reino de Nápoles.

La extraña muerte del valenciano, envenenado, según ciertas fuentes, el 18 de agosto de 1503, y el brevísimo pontificado de Pío III, sólo diez días, convirtieron al ambicioso purpurado en el 216 sucesor de San Pedro y, en sólo una década, quiso recuperar el tiempo perdido.

Para empezar, el Papa Guerrero dirigió las fuerzas pontificias para deshacer los entuertos provocados con sus intrigas, mudó de alianzas y llevó, con rigor, la gestión eclesiástica, actuó de mecenas con los maestros renacentistas y encargó un mausoleo sin precedentes, como prueba de su autoestima, a Buonarroti, aunque luego aplazara y achicara el proyecto, a lo que ahora contemplamos; un retablo con cinco figuras de mármol de Carrara, el terrible Moisés sobre los despojos del ambicioso clérigo y una legión de japoneses que, a cualquier hora de cualquier día, lo custodian y retratan.

En las solemnidades de San Pedro, con la pública exposición de las cadenas que ataron al apóstol, escuché de un cura joven una prolija y emocionada exposición a un grupo católico donde no dedicaba una sola palabra al muerto ilustre y sí cálidos elogios, en nombre de Dios, al autor del profeta en el instante de recibir los mandamientos y con la inflexible convicción de cumplirlos y hacerlos cumplir.