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POR ALFONSO GONZÁLEZ JEREZ >

Invasión zombi

   

El estudio de Jorge Fernández Gonzalo, Filosofía zombi, finalista del premio Anagrama de Ensayo, es uno de esos textos seminales que seducen al lector y le invita a utilizar libremente sus propias propuestas reflexivas. Desde que lo leí, coincidiendo con la aciaga campaña electoral, soy incapaz de no estremecerme ante lo que es una invasión zombi en toda regla: la que protagonizan dirigentes políticos y cargos electos. Es más: la obscena, sórdida y muy gore lucha por el poder político entre pactos furibundamente viscerales, impredecibles, impensables -y el zombi es lo impensable precisamente- contribuye a una zombificación completa de la vida pública. Van a por nuestros cerebros, muchachos, si es que algo de cerebro nos queda después de salvar la hipoteca y antes de las cuatro horas diarias de televisión. El zombi -nos lo recuerda Fernández Gonzalo- produce en sus víctimas la angustia de la representación: no está ni vivo ni muerto. El zombi nunca se construye contando con la mirada -por no hablar del voto- del otro. Los zombis no reconocen la otredad, ni la voluntad ajena, no saben leer ni interpretar el dolor o el pavor de los otros. Desaparece cualquier débil respeto recíproco entre el zombi y su víctima. Aunque los zombies no discriminan. Todos saben (sabemos) igual de ricos. Brevemente, y como recuerda cualquier aficionado al subgénero que creó el gran George Romero, para el zombi solo somos comida.

El zombie parece representar muchas cosas -la muerte, el horror, los espantos escondidos del cuerpo, la cifra de un aniquilador castigo divino- pero la médula de su espantosa condición reside, sencillamente, en que no significan nada. No existen diferencias sustanciales entre zombis nacionalistas, conservadores o socialdemócratas o, al menos, los ojos aterrados o cínicos de su víctimas potenciales no pueden encontrarlas, al detectarlos correteando torpe y febrilmente por despachos, hoteles y restaurantes, y acaso no deben hacerlo si quieren salvar su vida. El éxito de esta invasión zombi es completa: los no-muertos incluso nos han observado durante semanas, con sus mejores sonrisas, desde los carteles electorales, y hemos escuchado sus voces de ultratumba convocándonos al gran banquete de una democracia que debe ser apetitosamente descerebrada . Y sin embargo, la evidencia definitiva del triunfo de lo zombi no llega hasta que uno descubre -y no necesariamente ante un espejo- que ha empezado a transformarse, como todos los amigos y vecinos, y que apenas le queda tiempo para terminar un artículo.