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POR LUIS ORTEGA >

Jean Simeón Chardin

   

La colección Thyssen-Bornemisza cubrió abundantes y lamentables lagunas de los fondos estatales; nos permitió, sin salir del país, contemplar la obra de maestros ausentes, como Jean Simeón Chardin (1699-1779), un protagonista capital del arte dieciochesco que fue reivindicado por dos genios contemporáneos -Paul Cèzanne y Pablo Picasso- mucho tiempo antes que por los historiadores del arte, que lo incluyeron, con relativo desdén, en el nutrido saco de los pintores de género.

El Museo del Prado acogió la primera antológica montada en España, con cincuenta y siete obras que representan la cuarta parte de su peculiarísima producción. Organizada por orden cronológico, el comisario Pierre Rosenberg escalonó los exquisitos bodegones de juventud (naturalezas de quietud mágica, piezas de menaje tratadas con primor para exaltar la armonía de la cotidianidad), composiciones grupales, ejecutadas con elegante solvencia y una serie de retratos que, en óleos y pasteles (técnica a la que se dedicó en los últimos años por razones de salud), revelan su excelencia en el dibujo y la excelencia de su colorido.

Sin maestros reconocidos (algunos especialistas hablan de un breve aprendizaje con Pierre-Jacques Cazes y un breve y accidentado paso por la popular academia de Saint-Luc), fue un autodidacta convencido de sus facultades y nada ni nadie lo hizo torcer la voluntad de sus gustos y elecciones; sólo reconoció el influjo de la escuela holandesa del XVII, pero eludió, con sabia astucia, la complicación de las escenas secundarias, con fondos cálidos para realzar sus personajes y asuntos.

Convivió con los famosos factores de la pintura de historia y mitología (el genial Jean-Antoine Wateau, puente entre el último barroco y el rococó; François Boucher, destacado en la vertiente galante; Honoré Fragonard, prolífico y en sintonía plena con las pautas de la Academia, y Louis David, que reflejó la transición de la severidad del Antiguo Régimen y la exaltación napoleónica), pero fue impermeable a sus influjos y fiel a sus principios de una naturalidad tan eficaz que resultaba mágica.

Mientras los círculos dogmáticos e inmovilistas reconocían su buena mano y escaso interés argumental, la difusión de sus temas, en grabados con poemas alusivos, lo erigieron en el autor de moda para la burguesía parisina, ávida de realidades próximas y comprensibles y que disputaba sus cartones tanto por su calidad como por su precio asequible. Chardin fue, con todos los inconvenientes y grandezas, una gloriosa excepción a la regla.