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POR JUAN CRUZ >

Jorge Semprún

   

Jorge Semprún no sólo era un hombre de memoria, era un filósofo, un activista, un narrador. Detrás de su rostro cuya apariencia no pudo ser vencida ni por el dolor, este hombre elegante ocultaba la ironía de una buena persona. Sacrificó los mejores años de su vida a favor de una lucha con la que se sintió comprometido hasta sus últimas consecuencias y padeció tortura, cárcel, campo de concentración. Y luego quiso contribuir a la lucha contra la dictadura de Franco como avanzadilla comunista en la clandestinidad española. Era un español, y fue ministro de Cultura de España, pero era fundamentalmente un europeo. Él creía que de las cenizas de Buchenwald, campo nazi en el que estuvo recluido y que visitó por última vez en abril del año pasado, nacía un espíritu de concordia europea del que éramos herederos todos, y no sólo los europeos y, por tanto, los españoles. Todo el mundo podía identificarse si sentía la libertad con aquel pedazo ennegrecido de Historia que, mientras ocurrió, no dejaba crecer ni a los pájaros. Su libro La literatura y la vida alcanza ahora, en la muerte de Semprún, su mayor valor testimonial, pues, como ocurre con los libros de Pavese o con los poemas de Antonio Machado, quien toca ese libro, toca a un hombre. Ese hombre acaba de morir para la vida, pero se queda en la Historia como uno de los españoles clave del siglo XX cuya opinión pesaba porque detrás había una persona, un escritor y una historia.