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OPINIÓN > POR LUIS ORTEGA

Katsuko Mizokami

   

En el ejercicio cotidiano de identificar la noticia y el recuerdo, una colega y paisana, en estas mismas páginas personalizó una tragedia sin precedentes en una superpotencia económica, donde confluyeron las fuerzas dislocadas de la naturaleza, que también castigaron a una próspera ciudad del levante español que, en su dimensión, vive la misma pesadilla. Más allá de los balances provisionales – diez mil muertos y el doble de desaparecidos, miles de kilómetros cuadrados asolados por el terremoto y el tsunami y un espacio incalculable de mar y tierra bajo la amenaza de la contaminación nuclear – destaca la actitud ejemplar del pueblo japonés, recuperada de otras desgracias, como las secuelas de su intervención en la II Guerra Mundial y su imparable emergencia a fuerza de fe y de trabajo. En un espléndido reportaje, Eugenia Paiz singularizó ese sentimiento patriótico en la persona de Katsuko Mizokami (1939) que, ante las secuelas del suceso, concluyó sus quince años de residencia palmera y regresó a su Yokohama natal, que abandonó en 1973, en busca de nuevos horizontes fuera de la educación rígida de su familia con la que perdió el contacto. Eligió Dusseldorf, capital de la Renania-Westfalia para establecerse, allí conoció al que sería su marido y vivió y trabajo durante dos largas décadas. En 1996, liberados de obligaciones laborales descubrieron La Palma y, en El Paso, antesala de la Caldera de Taburiente, construyeron una casa a la medida de sus gustos y necesidades. Allí practicó la milenaria tradición del Ikebana, arte floral en honor de Buda que los misioneros chinos importaron a Japón en el siglo VI de nuestra era, y allí alivió el dolor por la pérdida de su esposo, afectado de una grave enfermedad, con el reconocimiento y afecto de los vecinos que valoran su finura, cordialidad y las delicadas manufacturas que realiza y, curiosamente encajan, en un pueblo de arraigadas tradiciones artesanas. Katsuko reconoció que la tierra elegida “es la mejor del mundo para vivir, no sólo por el paisaje, su tranquilidad y seguridad, sino por su gente, por el cariño que recibo de mis amigos”. Pero, aún así, entendió que su papel estaba entre los suyos, junto a sus dos hermanos y seis sobrinos que, pese a no radicar cerca de la zona castigada, “padecen los efectos del desabastecimiento de alimentos, agua y energía y la amenaza nuclear que pesa sobre todos mis compatriotas”. Recorrió los doce mil quinientos kilómetros que la separan de su país para ayudar “en lo que pueda”, en un acto responsable que multiplica la simpatía que ya goza entre los palmeros. Bravo, señora Mizokami.