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POR TOMÁS CANO >

La ausencia sólo engendra la nada

   

Esta historia transcurre en Amman, capital de Jordania. Se trata de un joven llamado Ahmed que vivía en compañía de su madre en uno de los barrios antiguos de esa ciudad. Ahmed tenía 25 años, había estudiado medicina y exultaba alegría por todos los poros de su cuerpo, ya que había conseguido, por fin, una beca para estudiar en Estados Unidos. Sus sentimientos estaban divididos entre la felicidad de aquella gran noticia, que le brindaba la oportunidad de alcanzar un futuro mejor, y un sabor agridulce, que era el de la tristeza por abandonar su tierra natal, y en especial a su anciana madre.

Aquella era su última noche en Amman y quiso pasarla con sus compañeros y amigos, lo que se convirtió en una larga y cálida despedida que duró hasta bien entrada la noche.

Regresó a su casa y durmió serenamente, cargado de esperanzas. Amaneció a las pocas horas de acostarse. Su madre se levantó y, como acostumbraba a hacer todos los días, se dirigió a su trabajo (cosía en un local cerca de su casa). El aeropuerto también vivía el amanecer, con esa actividad frenética que generalmente tienen todos los aeropuertos del mundo.

El Boeing 707 con destino a New York estaba en el parking número 12, y en él se encontraban los mecánicos que finalizaban la daily check. La tripulación del vuelo llego puntualmente y la carga del combustible había finalizado. Mientras tanto, en la terminal los primeros pasajeros del vuelo empezaron a llegar y a ser facturados. Poco a poco todas esas piezas que hacen posible que un avión pueda despegar se iban cumpliendo. La tripulación estaba lista y el avión también, y los pasajeros fueron embarcados a tiempo para salir en hora. El comandante del vuelo, una vez finalizado el embarque, pidió permiso para rodar hasta la cabecera de pista. Pasados unos minutos, el control los autorizó a despegar hacía su destino. El avión se desplazó velozmente sobre la pista hasta que alcanzó su velocidad de despegue, la torre lo despidió y le comunicó que contactara con el centro de control. Durante el proceso de ascenso, el avión desapareció del radar. Al cabo de unos minutos, el control declaró el estado de emergencia y los peores augurios se convirtieron en realidad: el avión había de-saparecido en pleno vuelo. Mientras tanto, en la ciudad todo continuaba con la habitual monotonía de cualquier otro día. La madre de Ahmed se hallaba cosiendo en el pequeño local donde trabajaba, en el que tenían un pequeño televisor.
De pronto no pudo apartar sus ojos de éste, cuando en directo empezaban a llegar las primeras imágenes de la catástrofe. Dejó su maquina de coser y todo su cuerpo se estremeció. A los pocos minutos su primera reacción fue levantarse y salir de forma enloquecida hacia su casa. Su pecho lo notaba que estaba oprimiéndola, y sudaba copiosamente. Cuan-do llegó a la puerta de su casa, no podía abrirla; sus manos temblaban. Cuando por fin consiguió abrirla, vio que el equipaje de Ahmed estaba todavía en el salón. Aun en esos momentos de confusión comprendió que su hijo había perdido el avión y de repente le invadió una sensación de cierta tranquilidad. Corrió hacía la habitación donde dormía su hijo gritando su nombre: ¡Ahmed, levántate quiero que veas lo que ha pasado con tu vuelo! Pero por más que gritaba, su hijo no respondía. Cuando abrió la puerta de su habitación, vio que su hijo estaba en la cama y se acercó para acariciarlo y abrazarlo y decirle en palabras que le salían a borbotones de su corazón que se había salvado de aquella tragedia. Pero cuando lo tuvo en sus brazos se dio cuenta de que Ahmed había muerto.