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POR JUAN BOSCO * >

La generación perdida

   

El futuro se escribe ahora… pero nos robaron la tinta. Pertenezco a una generación de mujeres y hombres condenados a un rincón de la historia. Nacimos en un país que despertaba de la pesadilla de la dictadura y crecimos a la sombra de unos mayores que pelearon en calles, foros y tribunas para construir una sociedad nueva, regenerada, que puso el rumbo a una cosa rara que se empeñaron en llamar “Estado de bienestar”.

Empujados por la necesidad del olvido, aupados por el impulso de unos líderes preclaros que vislumbraron un horizonte democrático sobre el que, precisamente, escribir el futuro, y motivados por la necesidad de ser y estar en el mundo sin el yugo del miedo, nuestros padres votaron una constitución y construyeron un estado nuevo basado en el imperio de la ley y los principios ideológicos que movían a las democracias europeas de entonces.

Con esas brasas fue cocinado nuestro presente. Así, la mía, la nuestra, se convirtió en la generación mejor formada y preparada para la sociedad de nuestro tiempo; todo se nos puso al alcance:  estudios, atención, tranquilidad social… Medios que darían de sí esto que somos: gente de bien, capacitada, con nueva energía y dispuesta a todo, pero condenada a la espera eterna porque quienes nos dieron las alas no nos dejan volar.

La intención de los que ayer tenían nuestra edad de hoy fue bella y buena, pero erró el blanco cuando se pusieron manos a la obra en la compleja tarea de dar forma a esa nueva sociedad soñada. Así, construyeron un país que quedó sometido al imperio de la ley, no al imperio de la libertad; crearon un Estado de derecho sin haber aprendido antes que el derecho debe fundamentarse en la responsabilidad; articularon una cultura renacida de las cenizas del franquismo olvidando que los cambios de las estructuras deben venir acompañados de cambios en las personas. Todos, mujeres y hombres jóvenes de entonces, se aplaudían enardecidos por los logros alcanzados en tan poco tiempo, y fue en ese momento cuando idearon esa nomenclatura mágica para etiquetar su modelo social: Estado de bienestar. Y, sí, se trataba de un Estado de bienestar, es decir, de estar bien, que, de alguna manera, se fraguó en el inconsciente colectivo de los ochenta y principios de los noventa y evolucionó hasta la exclamación “¡qué bien estamos!”

Tan bien están que no se van, porque, con trampa, diseñaron leyes que les permitieran permanecer a toda costa, perpetuarse hasta salir de su puesto con los pies por delante. Renunciaron a la sucesión, esencial para que un pueblo mantenga vitalidad democrática; borraron los límites de sus campos de acción para poder ejercer “libremente” y a perpetuidad el poder que, como hormigas, fueron acaparando con sigilo; elevaron los niveles de exigencia que permitían a un joven alcanzar cualquiera de los utensilios con que se reparte la gran tarta del sistema; crearon el modelo formativo de la especialización inconclusa, que condena a los aspirantes al mundo a realizar cursos, grados, talleres y demás variantes de lo mismo sin que se pueda pasar a la acción para hacer valer tal cúmulo de conocimiento… Cuando los que éramos niños en los setenta y principios de los ochenta del siglo veinte cumplimos todos los requisitos, nos convertimos en eso que definen como “jóvenes y sobradamente preparados”. Entonces llamamos a las puertas, a todas, pero nadie abrió.

Hoy somos el recambio que no llega, la novedad que nunca alcanzó el escaparate social, el aire fresco que quedó diluido en la tormenta de la civilización. Nuestros nombres figuran en una lista interminable en la que se nos ha añadido un apellido fatídico: parado. Hemos sido condenados a estar quietos, al olvido y al silencio, víctimas del  mayor hecho delictivo de la historia de este país: el robo de nuestro tiempo.

Nos toca, pero no nos dejan, porque quienes tejieron este mundo patas arriba han preferido morir con las botas puestas y dejar que sus restos se pudran en los puestos que nosotros debiéramos estar ocupando, porque para eso nos preparamos, porque para eso se hizo este invento, porque para eso una generación toma el testigo de la anterior. No es quitar a nadie, es reestructurar los espacios sociales para que la acción pase a ser responsabilidad de los que llegan y los que estaban brinden su experiencia desde otras posiciones que no frenen esa sana evolución que toda sociedad precisa para mantenerse viva.

Somos hijos de la necesidad de nuestros padres, que nos lo dieron todo hasta atragantarnos y luego nos quitaron el juguete de las manos. Pero queremos  jugar, porque vendrán nuestros hijos, la generación futura, y cuando llegue necesitará que los que ahora somos víctimas de la espera hayamos reaccionado a tiempo y nos hayamos puesto en marcha para que esto no vuelva a ocurrir. Y si para eso hay que echarse a la calle, nos echaremos a la calle; si para eso hay que armar una revolución, armaremos un revolución a nuestra manera con la que reclamar nuestro espacio en la historia; si para ello hay que destruir el Estado de derecho y reinventarlo, lo haremos con coraje y decisión, porque podemos hacerlo, porque sabemos hacerlo, porque somos capaces. Si alguien lo duda, que recuerde que somos la generación mejor preparada y que tal vez baste con unir nuestras manos y, por fin, creer.

Es la hora de nuestro compromiso de cambio en el mundo. Nos toca.

Adelante.

* Movimiento del 15-M
(Puerta del Sol, Madrid)