X
LOS IDUS DE MARZO > POR JORGE BETHENCOURT

La manzana, en Canarias, está bichada

   

Un servidor es lo que en términos estrictos se califica como un mago. Y a mucha honra. Nací y crecí cerca de las guatacas, las botas de agua, las atargeas, las luces de carburo y el riego a manta. Con los años me fueron dando una chapa de barniz que a veces logra engañar a otros, pero no a mí. Uno es lo que es y a poco que le rasques sale el interior. Soy como una silla de formica. Pero hasta los magos hemos tenido que cambiar a la fuerza. Los azares del desarrollo me han llevado inexorablemente a incorporarme, como una especie de dinosaurio estupefacto, a los avances tecnológicos. De la máquina de escribir Olivetti pasamos a los primeros ordenadores, del papel y la cinta de tinta al wordperfect y al word, de los teléfonos del tamaño de una caja de zapatos a los celulares de última generación con los que puedes recibir o mandar emails y sms, consultar internet, chatear, hacer cálculos trigonométricos, llevar tu agenda, acceder a las redes sociales, saber cuánto has caminado al día o, incluso, llamar a alguien.

Preso de la euforia del nuevo universo de la comunicación y tras un minucioso examen de las ofertas disponibles, me compré un moderno, estilizado y carísimo Ipad 2. Seiscientos veinte euros del ala. Ahí es nada. Se me quitó hasta la respiración. Y eso después de hacer casi una hora de cola en Banana Computer, la tienda que primero trajo estos artefactos a nuestra Isla. Completamente feliz con el bicho, aunque bastante quemado por el desembolso económico, me puse a la faena de rellenarlo de aplicaciones fundamentales para el trabajo de un periodista (tales como el Sudoku, un par de puzzles, un juego de póker y otras importantes utilidades). Mientras veía a José Manuel Soria y José Miguel Pérez en los debates de TV, consultando sus Ipads, me decía orgulloso: “¡Ajajaaaa! Yo también estoy en la clave de la modernidad”. Y cuando a Paulino Rivero se le fue el baifo (probablemente el hijo de esa cabra que va a ordeñar de cuando en cuando) olvidándose de citar a la isla de La Gomera, en un debate de Radio Club, también exclamé para mis adentros con condescendencia: “De mago a mago y con cariño. ¡Eso te pasa por no haber llevado un Ipad con todos los datos apuntados! ¡A ver si te modernizas, hombre!”.

Ahí estaba yo. Orgulloso. Modernizado. Con el Ipad tecleando a todas horas y haciendo vida social con una pantalla retroiluminada. Bueno. Pues un mal día, como consecuencia de un pequeño golpe en la mochila, me cargué el cristal delantero del trasto. Se quedó como una especie de tela de araña. Dándome a los mil demonios me dirigí al servicio técnico de Apple, Universomac, en la calle Robayna, para entregarles el Ipad y proceder a su reparación. Ahí comenzó un doloroso sufrimiento y un insólito calvario. Después de examinar el equipo los responsables de la tienda me confesaron que la pantalla no se podía reparar. Que la única opción era entregar el aparato y recibir a cambio uno nuevo, pagando eso sí la módica cantidad de 400 euros. Como es natural, se me subió la bilirrubina hasta la estratosfera. ¿Que no podían arreglarlo? ¿Uno nuevo? ¿400 euros? Les pregunté si estaban locos. Si les parecía normal decirle eso a un cliente así a palo seco y sin anestesia. El señor que me atendía, con cara de circunstancias, me indicó que muy normal, lo que se dice normal, no era. Pero que Apple no les permitía reparar los Ipad. “Lo sentimos mucho, pero esto es lo que hay”.

Nada. Me fui para la tienda donde lo había comprado, Banana Computer, y les pregunté si se podía arreglar el Ipad. “Por supuesto” me indicaron. Y un poco más aliviado les dejé el aparato y me fui. Diez días más tarde un amable señor del servicio técnico de la tienda me llamó para informarme que la reparación del Ipad ascendería a la cantidad de 800 euros. Pensé que me estaban tomando el pelo. Sobre todo por el pequeño detalle de que lo había comprado por 620. Así que le dije, sutilmente, que me parecía vergonzoso, por no decir otro adjetivo, lo que me estaban proponiendo. Para mi asombro, al señor con el que estaba hablando también se lo parecía. Pero es que era el precio por entregarme un nuevo equipo. Y añadió que era la única solución que le daban en el servicio técnico de Apple, en Robayna; justamente en donde me había ofrecido la posibilidad de cambiarlo “sólo” por 400 euros. ¿En poco más de una semana el precio se había multiplicado por dos?

Tras un cierto número de conversaciones, a cual más increíble, los responsables de Universomac me llamaron para indicarme que la primera oferta se correspondía con una disponibilidad de equipos, dentro de una oferta denominada OOW, que Apple España había cancelado, por lo que ahora sólo podían ofrecerme la oferta ATJ (Ahora Te Jodes) o lo que es lo mismo -el acrónimo naturalmente es de mi invención- que me comprase un nuevo Ipad y les entregase la “vieja” unidad (que con el cristal cambiado supongo que podría ser revendida como nueva; negocio perfecto).

Llegados a este punto me plantee la solución final. Llamar a Apple España. Y llamé. Y después de atravesar la espesa maraña de un contestador robótico al uso, llegué a una amable señorita a quien le expuse (otra vez, así que ya lo tenía bien ensayado) que mi Ipad tenía la pantalla rota y que me parecía increíble que no pudieran arreglarla. “Pero señor -me indicó- claro que se puede arreglar. ¿Quién le ha dicho a usted que no?”. Se lo dije y me indicó que debía tratarse de un error. Pero lo que es más importante, me aseguró que por supuesto que Apple arreglaba sus equipos y que la reparación me costaría entre 200 a 300 euros como máximo.

!Al fin una noticia sensata! Los cielos se me abrieron como a Noé a los cuarenta días, como a Zapatero con un piropo de la Merkel, como a un pobre con un crédito del banco. Un rayo de esperanza cayó sobre mi carísimo y roto Ipad. Pero, claro, faltaba un pequeño detalle. La señorita me indicó que tendría que llevar el equipo a los talleres de Apple en Madrid (centro comercial Xanadú). Considerando que vivo en Tenerife, Islas Canarias, el trayecto se me hacía un poco largo para coger un taxi.

Se lo expliqué, sin aclarar que los taxis no son sumergibles, al menos en Canarias. Y que los aviones son un poquito caros. Así que, vamos a ver, ¿no sería más racional -le dije- que su servicio técnico de Tenerife, Islas Canarias, recogiera mi equipo, junto a otros que estuvieran o estuviesen averiados, y se los remitiesen para proceder a su reparación? Le parecía naturalmente muy racional. Pero imposible. El equipo tiene que llevarlo a Madrid el propio cliente. O buscarse a alguien que se lo lleve. O, y aquí volvemos al principio, tirarlo a la basura y comprar uno nuevo.

En pocas ocasiones se puede encontrar uno de una manera mejor expresada que no somos el culo del mundo, sino la última hemorroide del mismo. Escuchar una y otra vez que, efectivamente, lo que se te está ofreciendo es injusto, increíble y vergonzoso, pero sin que te den otra solución que pasar por el aro, no es sólo un trato comercial para un país bananero (que es lo que parece que somos) sino un tratamiento bochornoso de los clientes que viven en el Archipiélago. Como uno de los primeros miembros de la tarifa ATJ (Ahora Te Jodes) de Apple España, quiero darle las gracias a la empresa por su enorme sensibilidad con el mercado de Canarias y animar a los futuros clientes a incorporarse a las maravillas del Ipad, siempre y cuando tengan a mano un jet privado para darse un salto a Madrid en caso de que se les jeringue el artilugio o cuenten con un primo -un primo que no sea él mismo- que viva en lo que para Apple España constituye España propiamente dicha. Que no es, como la profunda perspicacia de los lectores habrá percibido, esta tierra.

Media hora estuve delante de la basura pensando en donde depositar el Ipad, si en el contendor de residuos orgánicos, por la manzana, o en el de envases de vidrio, por el cristal rajado. Como no hay contenedores para imbéciles no me tiré en ninguno.

www.jorgebethencourt.es
Twitter@JLBethencourt