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ANÁLISIS > POR ARTURO TRUJILLO

La primavera marroquí

   

Aunque nos pudiera parecer algo baladí que la figura del Rey de Marruecos dejase de ser sagrada, nada más lejos de la realidad. En mi opinión, ha sido una de las decisiones más importantes de las adoptadas por el monarca desde que inició el actual proceso de reformas en su país. Sobre todo para un pueblo como el marroquí, con una monarquía islámica de tradición centenaria que, hasta ese momento, parecía estar narcotizado con la divinidad ejercida por Mohamed VI, reverenciado como un dios. Para que se den cuenta de hasta qué punto esto es así recuerdo que, durante mis estancias en aquel país entablé cierta amistad con un alto funcionario de su Gobierno que antaño tuvo mucha relación con estas islas. Amistad que me permitió poder hablar con él sin ambages de ningún tipo. Al menos así lo creí yo, porque me comentaba en privado, claro está, algunos aspectos que desmitificaban esa pasión monarca-religiosa que allí se vive. Solía decirme que a la mayoría de la población no le gustaba nada esa tradición de tener que besar la mano del monarca, como un gesto externo de esa sacrosanta dignidad que tenía, pero que estaban obligados ha hacerlo por el miedo a cualquier tipo de represalia por parte del régimen. Pues bien, la presión ejercida por el movimiento 20 de Febrero, llamado primavera árabe, y en este caso, primavera marroquí, puso en alerta al monarca marroquí sobre la necesidad de llevar a cabo una inevitable y profunda transformación en su pueblo si no quería desaparecer. Ahora, esa expresión de sumisión a la divinidad de los monarcas marroquíes, tan degenerativa de la dignidad humana, ha pasado a convertirse en un gesto voluntario. Hasta el punto que ya se cuestiona la continuidad del Ministerio de Asuntos Religiosos.

Aunque es cierto que lo anunciado por el monarca, hasta ahora, no se acerca a lo que la gran mayoría del pueblo requiere, la modificación de la Constitución -aunque no la consensuó con los partidos- que llevará a referéndum el próximo viernes, parece que puede ser el inicio hacia una transición democrática que culmine en una monarquía constitucional. Con la llegada de Mohamed VI al trono de Marruecos se produjo una pequeña pero importante apertura de las libertades ciudadanas frente al férreo absolutismo ejercido por su padre, Hassan II, durante los treinta y ocho años de su reinado.

Recuerdo que en marzo de este mismo año y en estas mismas páginas, escribí un artículo en el que alertaba sobre la posibilidad de que la situación en Marruecos pudiera complicarse. Teniendo en cuenta su posición estratégica, los acontecimientos que se estaban produciendo en el Norte de África y Oriente Próximo, con oleadas de protestas en cadena que comenzaban por Túnez y que no se sabía hasta donde podrían llegar, hacían posible un efecto negativo en la normal convivencia insular pero, sobre todo, y de manera directa, sobre los intereses económicos de Canarias en aquella zona, con un asentamiento de unas 200 empresas de las islas, producto de las magníficas relaciones económicas que han existido y existen entre Canarias y el Reino de Marruecos.

Y aunque las reformas anunciadas por Mohamed VI no satisfacen a sus opositores, la alerta a la que me refería en ese artículo anterior parece haber remitido. Y es que, a diferencia de otros países, como Egipto, en ningún momento el pueblo marroquí ha cuestionado la monarquía. Lo que los marroquíes quieren, desde hace bastante tiempo, es que deje de mantener el poder absoluto y fije un modelo de transición parecido al español, con una monarquía que reine pero que no gobierne. Lo que desean es una monarquía que les permita, por ejemplo, algo tan sencillo como poder elegir a quiénes les van a gobernar. Una muy lógica reivindicación de una población que quiere evolucionar hacia un sistema constitucional con limitación de los poderes del Rey y con un Gobierno que sea elegido en las urnas y no nombrado directamente por el monarca. Algo que también constituyó una reivindicación del pueblo español durante la transición. Todo hace pensar que el monarca, consciente también del peligro que podría correr la monarquía en aquel país, se ha decidido a iniciar unos cambios en la Constitución que, aunque limitados, sí otorga mayor poder al primer ministro, que pasará a denominarse presidente del Gobierno, y para el Parlamento, en detrimento de las prerrogativas que actualmente tiene el Rey, así como una mayor independencia para la justicia. Y todo esto, sin duda, también será beneficioso para los intereses canarios en la zona.

Por cierto, tengo la intuición de que detrás de estas primeras medidas del monarca marroquí está la mano de nuestro Rey, Juan Carlos I. Y es que todo lo que ha sucedido en los últimos días en torno a Marruecos, y concretamente a partir de la reciente estancia de don Juan Carlos en aquel país, me hace pensar que nuestro monarca se ha convertido en un muy especial consejero de su primo el monarca alauíta. Temas de tanta trascendencia como el de la sustitución de la potestad real de “sagrado” por la de “inviolable”, a semejanza de la que tiene nuestro monarca; el otorgamiento de más funciones y competencias para el primer ministro, su cambio de denominación y su elección por el pueblo, y la concesión de mayores poderes legislativos para la Cámara de Representantes, nos revelan algunas similitudes con la apertura democrática que comenzó a fraguarse en España durante la transición. Y es que virtudes como la sapiencia, el talante y la cordura del Rey Juan Carlos, unidas a la experiencia que ha adquirido a lo largo de los treinta años de democracia en nuestro país, son fáciles de exportar y dignas de ser compartidas por aquellos mandatarios que tienen necesidad de llevar a sus países por la senda de la democracia. En este caso, de una democracia parlamentaria, dentro de una monarquía constitucional y en un Estado de derecho.