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> POR JUAN BOSCO

La revolución de la dignidad

   

Qué fácil se ha convertido el miedo en una forma de existir. Ocurre igual con la somnolencia colectiva, la que nos merma la vida, que empieza a ser un eco lejano en el bullicio de este mundo patas arriba.

Este tiempo debe dejar ya de ser la era de los dictadores, de los salvapatrias, de los disfraces demócratas, de los líderes innaturales, de los profetas del fin que con un rostro anuncian desastres y despertares al unísono y con el otro juegan al engaño; la era de los banqueros que gestionan el gigante y consentido robo legal del monstruo financiero, de los políticos de profesión, de los mandatarios vitalicios, de los gobiernos pantalla que ocultan comunas de bárbaros dispuestos a casi todo con tal de engordar su tripa egoísta, de la farsa escupida a través de la pantalla del televisor, de la estupidez hecha moda en atuendos, maneras y frivolidades múltiples; debe dejar de ser la era de la ruptura, del hambre, de la sed, de los narcóticos socioculturales, de la dominación de los mismos de siempre que creen que deben seguir siendo siempre los mismos, de las elecciones estafa, de las leyes multiplicadas que nos hacen idiotas porque por algunos ruidosos se juzga a la mayoría; debe dejar de ser la era de la vergüenza, de la insensatez, de la queja gritona que no quiere responsabilizarse, de los billetes de quinientos desaparecidos, de los paraísos fiscales, de los chorizos con traje y corbata, de los imputados, de los acomplejados que usan un sillón con membrete para resarcir su mediocridad, de los que quieren ver siempre su cara en el cartel, de los imitadores de la nada que sólo aportan eso mismo: nada…

Este tiempo debe dejar ya de ser la era de la inconsciencia. Y porque no somos sonámbulos, es preciso alzarnos en revolución, pero una nueva, distinta, que antes de cambiar estructuras externas transforme las internas, es decir, que empiece en la casa propia, con actos sencillos y cotidianos a través de los cuales cada uno hará lo que verdaderamente tiene que hacer, y todos llenando la vida de gerundios: participando, colaborando, reflexionando, reciclando, estudiando, trabajando, cuidando, sintiendo, celebrando, imaginando, perseverando, insistiendo, aprendiendo, amando…

Será la revolución más poderosa y genial porque en ella, con ella y desde ella se reivindicará sólo una cosa: nuestra dignidad, porque en algún momento del cuento la perdimos, o se nos quitó de las manos.

Y claro que en esta revolución podremos alzar la voz y salir a la calle, pero lo haremos para gritar que somos capaces, que no necesitamos líderes marioneta, que no queremos ver a la misma cara hablando en nuestro nombre ante el resto del mundo por tiempo ilimitado, que el que quiera ser político debe antes aprender a servir, que el sistema financiero debe transformarse en un gran mecanismo de reparto de la riqueza, que el sistema político debe ser reformado para que desaparezcan de él las instituciones inútiles y la desmesura insultante del gasto público, que la banca debe ser primero pública y luego privada y que esta última no sea más un poder opresor sino una herramienta de crecimiento colectivo, que llueva una indemnización global a todas las víctimas del mercado, que los pueblos puedan pronunciarse mediante referéndum para elegir su forma de estado… Y puestos a soñar, que la guerra quede prohibida y todo el que empuñe un arma sea atendido en una institución psiquiátrica, que el dinero tenga fecha de caducidad para que no sea sinónimo de dominio, que todo ser humano pueda comer, que todo ser humano pueda sentirse libre, que todo ser humano pueda aprender, desarrollarse, tener un hogar, un sustento, salud, futuro, y que, en palabras de Facundo Cabral, haya una sola aristocracia: la del espíritu, y un único privilegio: la inteligencia; ambas cosas nos pertenecen a todos. Por eso será la revolución más poderosa y genial, porque será la revolución de la dignidad, eso tan preciado que teníamos y que en algún momento del cuento perdimos o nos quitaron de las manos.

Está tan al alcance que seguro que somos capaces. Adelante.