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LIBROS REVELDES > POR JOSÉ LUIS CONDE

Los escritos irreverentes

   

“Este libro no saldrá jamás. Es imposible, porque se consideraría una ignominia”. Estas palabras fueron escritas por Mark Twain en 1909 en una carta que envía a un amigo de toda confianza sobre su última obra, Los escritos irreverentes, que por primera vez se publica en español, por la editorial El Panteón portátil de Impedimenta. La traducción del libro y la introducción corren a cargo de la escritora Gabriela Bustelo. Al pesimismo de Twain había que añadir el del azar pues el libro estuvo perdido bastante tiempo entre varios millones de páginas sin publicar.

Samuel Langhorne Clemens (1835, Missouri-1910, Nueva York) con el pseudónimo literario de Mark Twain, escribió Las aventuras de Tom Sawyer, consideradas por Hemingway origen de toda la literatura moderna estadounidense: “No hubo nada antes. No ha habido nada después”. Este libro, lectura obligada en los años juveniles, trata de la relación de un joven y su amigo, un esclavo negro, que busca la libertad huyendo en una balsa a través del río Misisipi.
Pero Twain también dejó mucha obra escrita que ha ido publicándose tras pasar años de su fallecimiento. Concretamente, Los escritos irreverentes fueron vetados por su hija porque estimaba que desvirtuaban los principios de su padre. Sin embargo, esta sátira sobre la Biblia felizmente está a disposición del público que quiera pasar un magnífico rato leyendo no más de 150 páginas.

La obra de Twain se divide en Las cartas de Satán desde la Tierra, Los apuntes de la familia de Adán y Las Cartas desde el Cielo, y recrea desde la Creación, hasta el Pecado Original y la descripción del Diluvio, en unos textos que perfectamente podrían escandalizar a los devotos, a la vez que causarán permanente hilaridad en aquellos que, como el autor americano, viven en el más profundo escepticismo religioso.

Un ejemplo de lo que espera al lector con esta obra aparece en el relato que realiza Satán del humano, “la obra más noble de Dios”. “Por ejemplo, he aquí una muestra: “el humano ha imaginado un Cielo, pero privándolo de la delicia suprema, el éxtasis que ocupa el primer lugar en el corazón de todos los individuos de su raza -y de la nuestra-: ¡la relación sexual!”.
La talla intelectual de Mark Twain no le hizo detenerse pese a las duras críticas a que fue sometido por sus diatribas contra todo aquello que representaba la Biblia y el cristianismo, en unos tiempos donde lo políticamente incorrecto provocaba rechazo. Se trata de una obra con una fuerte carga de ironía que debe ser leída por todos, incluso por aquellos fieles a la advertencia de Virginia Wolf de que “el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos”.

Y para aquellos lectores renuentes al texto seguro que encontrarán en la mordacidad y la malignidad ingeniosa del escritor americano otro consejo de Wolf: “Siempre hay en nosotros un demonio que susurra ‘amo esto, odio aquello’ y es imposible acallarlo”.