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NOMBRE Y APELLIDO > POR LUIS ORTEGA

Louis-Ferdinand Cèline

   

Por segunda vez, fue rechazado del extenso calendario de celebraciones oficiales de la República Francesa: en mayo de 1994, con ocasión del centenario de su nacimiento, y en este julio, cuando se cumplen los cincuenta años de su muerte.

La ignorancia de las efemérides no resta un ápice de valor artístico al autor de Viaje al fin de la noche, pero reprueba su repugnante biografía; y la grandeur, el enfatizado patriotismo francés, no podía admitir la conmemoración de su memoria a mediados de los noventa (con François Mitterrand en la presidencia y Jacques Chirac a la espera de sucederle), ni ahora con Sarkozy, en las cuotas más bajas de popularidad y con serias y complicadas aspiraciones de reelección, aunque realizó una tímida intentona que el pequeño Nicolas, ante la oposición de su gabinete, cortó de raíz.

Las dos negativas tuvieron el mismo tenor y las podríamos resumir con las palabras del actual ministro de Cultura, Frederic Mitterrand: “Bajo ningún pretexto se puede colocar una corona sobre su tumba en nombre de los valores republicanos”. Y es que el segundo francés más leído fue tan celebrado por su brillante escritura talento como denostado por su nihilismo, su colaboracionismo con el régimen de Petain y, sobre todo, su rabioso antisemitismo.

El prestigioso abogado Serge Klarsfeld, en nombre de los judíos deportados y de sus descendientes, denunció que su innegable inteligencia y oficio sirvieron para hacer vehementes llamadas al exterminio de los judíos, muchos de ellos compatriotas y héroes de la Resistencia. Entre los defensores ilustres del controvertido escritor -el segundo más leído después de Proust- está el crítico Henri Godard, que, sin negar lo innegable, argumentó que “la creatividad literaria es un valor reconocible también en los casos en los que nuestros valores morales no se corresponden con los del artista o incluso los contradicen”.

Su obra -doce novelas, algunas extraordinarias, otro tantos panfletos con pretensión de ensayos donde dio rienda suelta a sus fobias, y una narcisista correspondencia con algunos intelectuales y afines de sus pulsiones totalitarias- volvió a la moda y la ultraderecha, en alza en medio de la crisis, denuncia “la censura sobre un autor notable”. La polémica dio para lo que dio, la sangre no llegó al Sena y del esperado veto sólo se pueden extraer dos reflexiones: Cèline fue un talento literario, con tanto cerebro como estómago para apoyar con notorio entusiasmo el genocidio y los crímenes contra la humanidad.