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NOMBRE Y APELLIDO > LUIS ORTEGA

Marco Ferreri

   

Durante la campaña electoral oímos desde la izquierda y la derecha propuestas para que la entrega de la casa liberara al acreedor de la hipoteca que la entidad bancaria concedió con la garantía de ésta. Sonaba como un esperanzado mensaje social de los que caen en el olvido una vez celebrados los comicios. Y, como en una irónica coincidencia, en una tarde cualquiera, la desigual parrilla de la TDT nos regaló la enésima proyección de El pisito, la versión cinematográfica de la “novela de amor e inquilinato”, del gran Rafael Azcona, un genio que llevó la realidad social de la posguerra a límites delirantes. Ayer y hoy, los españolitos de a pie tienen como máxima aspiración una vivienda en propiedad, o de renta baja, y ayer y hoy, no pueden pagar el precio de sus sueños.

El escritor riojano contaría ahora el desamparo de quienes pierden casa y dinero y tienen que volver junto a los padres o los parientes compasivos para dormir a cubierto. Pero volvamos a la película de Marco Ferreri (1928-1997), que conoció el Madrid de la posguerra, el olor a repollo y la picaresca para subsistir, y convenció al autor de las posibilidades cinematográficas de un relato de airado sarcasmo antiburgués y ajustadas dosis de ternura. De aquella casual y feliz unión salió un título histórico y una interpretación inolvidable de la secundaria Concha López Silva (1886-1958), fallecida después del rodaje; José Luis López Vázquez (1922-2009), actor de excepcionales registros, y Mary Carrillo (1919-2009), que, gran dama del teatro, tuvo episódicas y destacadas incursiones en el celuloide.

El reencuentro con el triángulo interesado y amoroso, integrado por Rodolfo (un mediocre oficinista cuyo sueldo no alcanza para pagar el alquiler), Petrita (su novia impaciente después de una porrada de años de relación) y doña Martina, la casera del escribiente, con la que éste se casa para heredar la renta antigua y los muebles y enseres del modesto espacio que comparten, nos acerca a la crisis actual donde la supervivencia también acude a fórmulas estrambóticas, paradójicas y comprensibles -bodas de conveniencia, atención a ancianos solitarios en búsqueda de su testamento, relaciones cruzadas, créditos temerarios y desalojos dramáticos- que avejentan la glosa de la sociedad del bienestar, la apoteosis del cemento y la cascada del dinero fácil y las hipotecas peligrosas, y nos enfrentan a las secuelas de un ajuste duro que, como siempre, castiga a los más modestos.