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Michel Martelly

   

Se cumple año y medio del terremoto de Haití -con doscientos cuarenta mil muertos y dos millones de personas sin techo y sin recursos de subsistencia- y un largo mes de la toma de posesión de la presidencia de un sujeto estrambótico y sin otro valor que su pertenencia a una corriente musical llamada konpa dirèct.

Nacida en los años cincuenta del pasado siglo, este ritmo -una subespecie de salsa, con instrumentos electrónicos, metales y percusión convencional y caribeña- que se canta en criollo, una mixtura de francés con guiños a de otros idiomas, le permitió salir del anonimato de sus anteriores ocupaciones (militar expulsado, dependiente de supermercado y peón de la construcción) y, como Sweet Micky, liderar una banda más destacada por sus ruidosas extravagancias -entre otras el travestismo del solista- que por su calidad. A Michel Martelly (1961) no se le conocieron otras inquietudes políticas y sociales que su amistad con los nostálgicos del duvalierismo; quedó en último lugar en las elecciones primarias, pero las burdas irregularidades del partido en el gobierno, los disturbios de sus seguidores y una chapuza de la OEA, que intervino en el conflicto, le dieron paso a la segunda vuelta frente a la candidata de centro-derecha Mirlande Manigat, a la que venció con un sesenta y ocho por ciento de los votos, en su mayoría de jóvenes.

Su discurso no da para la letra de una canción (llega un tiempo nuevo, un arco iris para todos los haitianos) y su programa de gobierno se reduce a mantener buenas relaciones con la vecina República Dominicana (se entrevistó con Leonel Fernández), a la retirada pronta y ordenada de los cascos azules de la ONU y al restablecimiento de las fuerzas armadas disueltas por Bertrand Aristide en 1995.

Todo es susceptible de empeorar. Desde hace cuatro semanas, las redes sociales hacen chistes o difunden bailes del cantante travestido, ante la ausencia de propósitos y rumbos concretos de este parvenu sin respaldo organizado, que jugó al descrédito de los partidos tradicionales, y le salió bien; pero que, ahora, debe reconstruir un país fallido, con el cólera y la desnutrición como males crónicos, con una carencia absoluta de infraestructuras y servicios, un índice alarmante de analfabetismo y superstición y que, como era previsible, no ha contado hasta ahora con todas las ayudas prometidas por la comunidad internacional, fuera de la atención a las necesidades inaplazables.

Veremos pronto quién es el nuevo mandatario (Martelly o Sweet) y como actúa.