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NOMBRE Y APELLIDO > POR LUIS ORTEGA

Mohamed Osman

   

Como cualquier creador que se precie, siente y cuenta la distancia que media entre la obra realizada y la excelencia percibida en el instante de la creación. Amigo a partir de amigos comunes, no se conforma con la perfección de su obra -encuadres originales, composición rigurosa y deslumbrante colorido- y, en cada cuadro, instiga sus capacidades para mostrar la realidad esplendorosa que ha visto con los ojos del alma. Milita en un panteísmo que exalta la superioridad de la naturaleza y entiende el arte como un sentido homenaje de admiración y respeto, que revela, en la arquitectura y la pintura, las dos profesiones que eligió en su juventud. De otra parte, profesa en la cultura de la luz, el instrumento para distinguir las maravillas y las alegrías del mundo y se vale de ella para desvelarlas con la mayor pureza.

Para nuestra suerte, descubrió Canarias y se quedó entre nosotros para enseñarnos, con sus brillantes interpretaciones pictóricas, la esencia secreta del paisaje, el origen de su auténtica belleza. Pero estoy seguro de que en las otras geografías familiares -su Egipto natal o Canadá, donde residió una década, entre otros- habría practicado la misma doctrina y desarrollado la misma solvencia en el oficio que aquí admiramos. Porque pese al reconocimiento físico de sus temas -el elemento motriz de los artistas locales- las telas de Mohamed Osman (1952) están impregnadas de ilusión, del ideal que evita copiar la apariencia y responder al topónimo, de la imaginación que es el recurso mejor que el hombre puede aportar y, en cierto modo, oponer al imperio de la realidad para presentarla renovada y personalizada a los espectadores.

Por eso, sus grandiosas o humildes estampas, sus recreaciones etnográficas, no son meros espejos de los lugares o tiempos elegidos, sino espejos del alma de la artista que tercia entre el tipismo luminoso del magisterio de Bonnín y la gravedad cromática de Martín González -por citar dos referentes históricos-, y aporta la calidez y la calidad de unas gamas que creíamos que no existían porque hasta él nadie las había captado. Con auténtica unción, Osman nos brinda otro país, o lo que es igual: a través de su retina sensible y su buena mano, una vertiente inédita de lo vivido y conocido, descubierto y reinventado, que pone acentos nuevos en la plástica canaria, que impulsa la virtud de la valentía y apunta nuevos rumbos para el paisajismo eterno cuando más lo necesita, cuando el cemento y un falso modelo de desarrollo lo tiene en permanente riesgo. En este instante crítico, nuestro amigo nos regala un ejercicio de amor y sabiduría.