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> POR MARTA GÓMEZ MUÑOZ

Reflexión tras la Pau

   

Dicen que hoy en día es necesario concienciar, pero resulta que muchos de aquellos que deben hacerlo no se dedican realmente a ello, y en vez de concienciar, buscan “soluciones” para no tener que hacerlo.

Me llamo Marta, tengo dieciocho años y estoy en silla de ruedas.

Este año me gradué en bachiller, y como todos los de mi curso, me tuve que presentar a la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU), esa que todos temen. En esta etapa surgen sentimientos contradictorios, nervios, mareos, estrés…; se busca cafeína, aprobados, estudiar al límite… Te quedas dormido, te entran mariposas en el estómago, surge la histeria… y miles de cosas más. La verdad es que yo soy una persona de esas que estos días se debería de haber puesto así, pero no ha sido el caso, me he controlado y he realizado las pruebas bastante bien, a pesar de los inconvenientes previos que me han puesto.

Pasaremos ahora a explicar dichos inconvenientes (que sí me provocaron nervios, malestar y desconcentración). Todo surgió a principio de curso, al saber que quizás no era posible que yo realizara la prueba en el mismo lugar que mis compañeros: Nos informamos de si se podría o no, y en un principio no hubo ningún tipo de inconveniente. Todo lo contrario. Se mostraron abiertos a que podría realizarla con los demás. Y pasé de estar mentalizada a no poder hacerla, a ver que no siempre tendría por qué ser “diferente”.

Cuál fue mi sorpresa al enterarme, unos diez días antes de la prueba, de que me equivocaba, y que no podría hacerla en el centro al que acudirían los demás, porque mis circunstancias me hacían “distinta”. Se me informó de que debería ir a mi instituto y hacer la prueba sola. Por tanto, hemos tenido una vez más que luchar, que crecernos, que hacernos oír en una época en la que todo el mundo busca ponerse de pie y gritar por sus derechos. Nosotros hemos gritado, ¿por qué?, pues buscando una respuesta coherente que explicase por qué no podría hacerla en dicho centro. Y es que las respuestas que se me ocurren no eran coherentes ni nos convencían: “No hay baños adaptados”, “hay barreras arquitectónicas”, “no se puede realizar la prueba para todos en otros IES -preferentes de motóricos- porque habría que suspender las clases de otros alumnos por falta de espacio”…; Y todo esto cuando yo, igual que cualquiera, puedo buscar una solución para ir al baño, y cuando en el centro donde se realizaron las pruebas también se suspendieron clases para algunos alumnos.
Así que nos volvemos a encontrar con otro intento fallido de integración de personas con discapacidad, y es que incluso se me ofreció un tiempo mayor que al resto (que no he necesitado en mi etapa de instituto, pero sé que puede haber alumnado que sí lo precise por su discapacidad), otra prueba más de la necesidad que parece existir de demostrarnos que no somos iguales. Yo, igual que millones de personas más en el mundo, superamos diariamente pruebas que se nos ponen delante, por el simple hecho de que aún no se trata por igual a todo el mundo… A veces son simples pruebas, como un escalón al final de un paso de peatón y otras es una muestra de falta de concienciar una vez más.

Aún así, junto a mi asociación y a aquellas personas cercanas a mí que buscan día a día mi integración total y absoluta en la sociedad, aportamos soluciones y pude realizar la prueba junto a mis compañeros, ir a un baño decente (que pagó el IES Las Nieves) y realizar el examen sin necesidad de más tiempo que los demás compañeros.

Porque el hecho no está en no ser diferente, al fin y al cabo yo sí soy consciente de que lo soy. El hecho está en no olvidar que buscamos un poco más de respeto en forma de empatía, que se pongan en nuestro lugar y que nos faciliten las cosas para tener las mismas condiciones que el resto. Y si necesitamos que sean diferentes, dejar que seamos nosotros quienes lo digamos y contar con nosotros para la búsqueda de soluciones.