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LA COLUMNA > POR MANUEL IGLESIAS

Reglas en la alimentación

   

El Congreso ha aprobado la Ley de Seguridad Alimentaria y Nutrición, que contiene medidas para la industria y el sector. No son sólo para los escolares, pero en los medios de comunicación se ha hecho énfasis en la prohibición de la venta de alimentos y bebidas con alto contenido en ácidos grasos saturados, transgénicos, sal y azúcares y bollos basura, etcétera, en los centros de enseñanza.

Aún hay que ser prudentes a la hora del entusiasmo, porque aún no tiene reglamento, y ya se sabe lo que dijo el conde de Romanones, “dejad que ellos hagan las leyes, que yo me encargaré de los reglamentos”, que es una manera de expresar el cómo las intenciones se cambian luego en las mesas adecuadas. No es de extrañar que ya haya empezado a movilizarse contra la ley la Federación Española de Industrias de la Alimentación y Bebidas, que seguro que podrá encontrar un Romanones que se las apañe para hacer unos reglamentos ad hoc, pero con muchos lazos.

Es verdad que sólo con esto no se va a resolver el problema de los niños obesos, porque su raíz no está sólo en los patios escolares, sino en la familia, en fundamentos culturales, en la visión que se tiene sobre la alimentación y la resistencia a cambiar los criterios, etcétera.

La alimentación sana, más allá de las prohibiciones legales que se puedan establecer y que sin duda ayudan a este objetivo, pasa por una multiplicidad de factores. Por ejemplo, los valores de las costumbres, los estereotipos, la relación familiar y, dentro de ésta, la que se establece con la madre y el padre. Pero también la propia individualidad del menor.

Parte de los cuidados que deben asumir los padres con sus hijos es alimentarlos y que éstos se desarrollen de forma saludable. Pero ¿qué ocurre cuando la comida se transforma en un medio de satisfacción de necesidades emocionales de los padres, más que cubrir una necesidad vital del hijo? ¿O cuando los padres dejan en manos de sus hijos la decisión de comprar ellos su desayuno o merienda, dándoles el dinero suficiente, y sin supervisar lo que comen diariamente, porque la unidad de medida es sólo “que no estén con hambre”?

Hay esquemas culturales que son difíciles de modificar. La comida ha estado desde siempre vinculada a la demostración de afecto y los niños rellenitos se han relacionado históricamente con niños hermosos y que eran motivo de satisfacción de sus madres. Pero los niños gorditos no son siempre los niños más sanos (tampoco los más enfermos, ojo con ello), sino que debe existir una alimentación adecuada y suficiente, que incluya los refrescos limitados y las golosinas con mesura, mientras se equilibre con una adecuada actividad física y deportes, que es donde más se suele fallar, no sólo los hijos, sino los padres.

Canarias se encuentra entre las comunidades con mayor número de obesos adultos. Dar lecciones así no es fácil.