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Retrato desde el infierno

   

Una de las obras sobre el genocidio promovido por los jemeres rojos en Camboya. | J. L. C.

JOSÉ LUIS CÁMARA | PHNOM PENH (CAMBOYA)

Camboya vuelve a rememorar desde hoy algunos de los pasajes más terribles de su historia reciente, con la reanudación del juicio contra cuatro dirigentes de los jemeres rojos. En esta ocasión se sentarán en el banquillo el jefe de Estado del régimen, Khieu Samphan; el ideólogo y número dos de la organización, Nuon Chea; el ministro de Exteriores, Ieng Sary; y su esposa y ministra de Asuntos Sociales, Ieng Thirith.

Los cuatro están imputados por genocidio, crímenes contra la humanidad y de guerra, asesinato, tortura y persecución por razones religiosas y de raza contra la minoría musulmana cham, la población vietnamita y la comunidad de monjes. En concreto, se les acusa de ser los responsables de cerca de dos millones de muertes, durante la desquiciada revolución agraria dirigida entre 1975 y 1979 por Pol Pot. Éste, asesinado por sus propios seguidores en 1998, manchó el nombre de la civilización original de este país del Sureste Asiático con el comunismo y el color de la sangre inocente que derramó su dictadura.

Exterminio selectivo

Las Cámaras Extraordinarias de las Cortes de Camboya -nombre oficial del tribunal- ya condenaron en julio de 2010 a 35 años de prisión a Kaing Guek Eav, alias Duch, por la muerte de unos 17.000 reclusos de la cárcel de Tuol Sleng, de la que era director. Como los nazis, los jemeres rojos llevaron a cabo un exterminio selectivo que incluyó a hombres, mujeres y niños de toda clase y condición, del que sólo pueden dar fe hoy tres personas, los únicos de los siete supervivientes de la prisión S-21 que todavía viven. Uno de ellos es el artista camboyano Vann Nath, famoso en todo el mundo por sus representaciones de las torturas de los jemeres rojos en Tuol Sleng. Éste salvó la vida gracias a su habilidad con los pinceles, ya que el régimen lo escogió para que pintara los retratos de Pol Pot, como consecuencia de esa característica común a toda dictadura: el culto a la personalidad. Su destreza le permitió sobrevivir durante un año en este templo infernal, tiempo en el que asistió a las mayores atrocidades que uno pueda concebir, según relata él mismo en su biografía. “La primera vez que llegué allí, en 1980, casi no me atreví a entrar, porque no podía olvidar las cosas que habían pasado recientemente. Había mucha gente, muchas personas que eran huesos cubiertos de piel; algunos eran recogidos en un camión para lanzarlos lejos, o trasladados para ser interrogados; algunos iban con la cara cubierta y las manos atadas a la espalda…otros iban con heridas en casi todo el cuerpo ensangrentado por los golpes que les asestaban… esas imágenes nos persiguen y están en nuestra mente siempre. Muchas veces esto hace que olvidemos si vivimos en el pasado o el presente. A veces cuando entramos al lugar parece que todavía somos prisioneros y permanecemos atados incapaces de movernos”, subraya.

Desde el restaurante que regenta en la capital camboyana, este pintor de voz clara y mirada franca no se explica cómo los responsables de los crímenes cometidos bajo órdenes de Pol Pot pueden pasearse tranquilos en sus pueblos. No entiende cómo el propio Pot murió en 1998 sin arrepentirse de nada, sin tener que dar explicaciones. “El hecho de que nos hayamos acostumbrado a esta realidad no quiere decir que podamos olvidar el pasado. Es una cosa que está y vuelve a estar una y otra vez todo el tiempo, y es normal encontrarme con estas cosas. Aunque siento menos miedo, no quiere decir que haya olvidado”.

“No proponemos revancha ni pedimos compensación, pero sí algo que estamos esperando cada día, y es la responsabilidad de los asesinos; que tengan conciencia de lo que han hecho. Todavía hoy ellos creen que aquello no fue un crimen. Si decimos que desde hace mucho esperamos que admitan sus culpas, simplemente decimos que hemos esperado para que reconozcan los asesinatos cometidos”.

Sus óleos han sido usados en el proceso judicial contra Pot y sus adláteres, que llevaban un registro meticuloso de sus barbaries del que no pudieron deshacerse cuando las tropas vietnamitas liberaron al país en 1979. Para Vann Nath, que no volvió a pintar hasta 15 años después, “aquellas almas murieron sin esperanza, sin luz ni futuro”. “No tuvieron una vida como merecían”, añade el artista, quien junto a otros detenidos prometió relatar todo lo vivido si lograba sobrevivir. Hoy, convertido en restaurador de éxito, reconoce sentir vergüenza cada vez que explica los detalles de aquella tragedia.
“El proceso ha hecho que la gente comprenda qué ocurrió y por qué”, agregó. “El juicio a Duch fue fácil, porque él estuvo dispuesto a admitir lo que hizo y porque se trataba sólo de S-21. Pero en los próximos casos, la escena del crimen será el país entero”, dijo.

Pese a todo, deja claro que “ningún juicio hará suficiente justicia a los muertos; por tanto, no podemos pedir demasiada justicia, porque se convertiría en venganza”. Y Camboya no puede permitirse el lujo de seguir mirando hacia atrás con ira.