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MI AMIGO CICLANO > POR VÍCTOR ÁLAMO DE LA ROSA

Revolución

   

Mi amigo Ciclano me dijo que no le gustaba nada la manipulación que se está llevando a cabo del movimiento 15-M o Spanish Revolution, que es como lo llaman en el exterior. Que eso no era justo. Me dijo que había telefoneado a sus amigos, a los que tenía en Argentina y en Francia y en Brasil, principalmente, y todos le dijeron que este movimiento, despertador de conciencias, era unánimemente alabado en el extranjero, como simple ejemplo cívico de cosas que hay que empezar a decir.

Yo, que soy más proclive al pesimismo, le dije que no se ilusionara demasiado, que el sistema lograría acabar más pronto que tarde con esta iniciativa popular, pero Ciclano me dijo que me equivocaba, que ya este movimiento había triunfado porque sus proclamas, sean o no discutibles, abanderan efectivamente la indignación de mucha gente indignada y que eso, en fin, era bueno. Así de simple. Los símbolos son más importantes de lo que parecen, me dijo Ciclano, porque los símbolos se elevan altos y se ponen por encima del bien y del mal y de partidos políticos e ideologías, y eso es necesario, volver a creer en que otro mundo es posible. Y no será fácil, dijo Ciclano, pero por algún lado hay que empezar. Los políticos, tanto los elegidos como los que no, deben reflexionar y ver el cambio en el aire de los tiempos. Toca ejercitar otra música, que sea otra la melodía.

El otro día, sin más, en la manifestación, había por lo menos 18.000 personas en Santa Cruz de Tenerife manifestando su indignación. Gentes de todo tipo, condición y edad. Y somos muchos los que sabemos que esto es necesario y a los que no nos vale decir que solo son una cincuentena de jipis acampados.

No. No nos engañemos, dijo Ciclano. Los jipis acampados casi que son lo de menos (de hecho, deberían levantar ya sus tiendas). Lo importante es el símbolo ya nacido, vivito y coleando, de esta protesta general y gigantesca y empezar a reconducir toda esta indignación hacia iniciativas populares y obligar a los partidos políticos a que abracen propuestas simples como la reforma del sistema electoral, la transparencia del poder judicial y sobre todo la transparencia económica, que hoy en día es además muy fácil porque solo hay que dictar una ley que obligue a publicar en la web cómo y en qué se gastan los euros públicos desde el presidente del Gobierno hasta el último concejal de la geografía española.

Ciclano cogió aire y lo sintió ardiendo pulmones adentro y dijo joder vaya calor que está haciendo, y yo le dije no te sulfures que el corazón no te anda demasiado bien y él me dijo que su corazón estaba feliz porque la gente, el pueblo, es un concepto que volvía a existir y que nada tenían de malo las románticas proclamas del tipo “el pueblo unido jamás será vencido”.

Que había que sacar a la calle palabras sin complejos como revolución, cambio, solidaridad, justicia, y llenarlas de su propio contenido para que vuelvan a ser reales y brillen, intocables y puras, como antorchas, dijo poético Ciclano, a lo que yo, lleno de ese realismo que a veces me mata la imaginación, respondí que todo eso estaba muy bien pero que ahora había que ser prácticos, obrar acorde con los tiempos (no nos olvidemos de que estamos en pleno siglo XXI) y empezar a levantar mecanismos que traduzcan a leyes reales todas esas encantadoras proclamas. La democracia real solo debe alimentarse de leyes reales, le dije, y nos fuimos corre corre a la playa.

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