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> POR FERNANDO GÓMEZ AGUILERA

Saramago, contra la resignación

   

Saramago | DA

“La realidad como invención que fue, la invención como realidad que será”
Ricardo Reis

A un año de la desaparición de José Saramago, su literatura continúa siendo demandada por los lectores con tanta intensidad, si no mayor, como lo fue mientras el escritor se mantuvo entre los vivos, en tanto que continúan editándose nuevas obras suyas. Este 2011, con el título El último cuaderno, se ha publicado en nuestro país la segunda entrega de los post que fue colgando en su blog, El cuaderno de Saramago, al tiempo que, en otoño, aparecerá en Portugal su novela inédita Claraboya, escrita en 1954 bajo el patrón estético del neorrealismo, y rechazada entonces por los editores, un texto que por deseo del autor no fue publicado en vida, aunque no se opuso a que se hiciera póstumamente.

Pero, además del hombre de letras, en Saramago cristalizó un vigoroso intelectual que hizo del pensamiento crítico un eficiente instrumento de intervención cívica y de contrapoder, concernido por las interrogaciones y desafectos que le suscitaba su época. “Adonde va el escritor va el ciudadano”, solía reiterar el Nobel portugués, para subrayar el compromiso de su responsabilidad moral y social, arraigada en el disgusto y el desasosiego. A pesar de su escepticismo genético, no cesó de interpretar la realidad y de expresar, con alcance universal, sus análisis y denuncias, movido por una singular capacidad para observar el mundo desde perspectivas tan desacostumbradas como polémicas, en un verdadero ejemplo de disciplina, exigencia y vocación solidaria. A la luz de la virulencia e indecencia de la actual crisis global y de las recientes protestas ciudadanas en las plazas de nuestro país, el pensamiento indignado de Saramago está más de actualidad que nunca.

Su llamada a la racionalidad y a la insurrección ética, la censura a la plutocracia que gobierna el mundo, la reivindicación del ser humano como prioridad absoluta, la exigencia de un debate a fondo sobre la degradación y el vaciamiento de las democracias, su reiterada condena de la subordinación de la política a la economía o del ciudadano reducido a consumidor, constituyen algunos de los músculos mayores de su acción intelectual pública, hoy en el foco de un incipiente debate internacional llamado a crecer. En el centro de sus preocupaciones y construcciones intelectuales, se advierte en definitiva una incansable indagación en la naturaleza del poder real, al que junto al poder formal, siempre consideró tóxico y contaminante. Hay tres sexos, llegó a decir: el femenino, el masculino y el poder.

Pero Saramago era, sobre todo, un ilustrado y un humanista radical, un agitador insatisfecho, que, en medio de nuestro malestar civilizatorio, invitaba permanentemente a abandonar la resignación, a darle la vuelta a la medalla, a abrir los ojos y a mirar por detrás de la fachada, estimulado por el convencimiento de que vivimos en un reino de sombras e ilusiones indeseables, en una monumental caverna, cuyos efectos provocan la parálisis y la enajenación que nos atenazan, de las que, sobra decirlo, sería conveniente liberarse: “estamos perdidos si la gente no despierta del sueño, si no hay un movimiento de los que despiertan de la borrachera que producen el engaño y la mentira que son difundidos por la información, los medios, la cultura audiovisual, el bombardeo de la propaganda”.

No debe sorprender que el ideologizado e infatigable creador de opinión que fue Saramago se considerase a sí mismo un hombre que mantenía “intacta la capacidad de indignación” y, en un tiempo de deserciones y acomodos, de perfiles bajos y ambiciones clientelares, asumiera pródigamente el papel de desasosegar e incomodar. Irritado y compasivo, fervoroso defensor de la moral del respeto, no dejó de sentirse a disgusto en un sistema que prefiere las cosas a las personas, las mercancías a los valores, consciente de que lo que más duele es el dolor evitable. Y, por ese camino de convicciones y principios fuertes, involucró su literatura, sobre todo a partir de Ensayo sobre la ceguera (1995), en su tarea de indagar en la condición del hombre contemporáneo y el carácter de sus relaciones comunitarias, en la deshumanización
-crueldad, injusticia e irracionalidad- que, a su juicio, nos concierne. Sus libros, verdaderos aldabonazos alegóricos sostenidos sobre el fuste de una novela de ideas, son propios de un escritor de “expresión”, como decía Borges, no de alusión y sugerencia, que terminó por subrayar al final de sus días que la única revolución en la que creía para solucionar nuestros desvíos era la de la bondad, o lo que es lo mismo, que nuestra gran tarea era humanizarnos. Para afrontar esa titánica misión, sabedor de que “a los ciudadanos nos arrastra la corriente. O la estampida”, reiteraba que “hay que decir: no estoy de acuerdo” y armarse de “tres preguntas que no podemos dejar de hacernos en la vida: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿para quién?”.